
Parte 1: La boda del desierto
Le arrancaron las riendas y le ofrecieron una esposa como si fuera el precio de un animal.
Era el otoño de 1887, y el norte de Sonora se había vuelto una extensión dura, reseca y silenciosa donde hasta el viento parecía venir con rabia. Julián Robles llevaba 3 días cabalgando sin rumbo fijo desde que terminó una arriada cerca de Hermosillo. No tenía familia esperándolo, ni rancho al que volver, ni otra compañía que la de Centella, un alazán noble que respiraba cada vez más pesado bajo la silla. Julián había aprendido a moverse así desde hacía años, de trabajo en trabajo, de noche en noche, como si quedarse demasiado tiempo en un lugar fuera una forma lenta de morirse.
Cuando vio una línea de mezquites y oyó el olor húmedo de un ojo de agua escondido entre la tierra, desvió el camino sin pensarlo demasiado. Apenas bajó de la silla, supo que algo estaba mal. No cantaban pájaros. No se oía ni una cabra. Hasta Centella dejó de mover las orejas con esa paz que tenía siempre.
Entonces llegaron.
No uno. No 2. No 3.
Jinetes.
Aparecieron desde distintos flancos, cerrándole el paso en un círculo limpio, sin gritos, sin desorden, con esa clase de precisión que no deja dudas. Julián no alcanzó siquiera a tocar la culata del revólver. Un joven de mirada dura, pómulos marcados y espalda recta le quitó las riendas de Centella con una calma peor que cualquier amenaza. En la montura del caballo quedó colgando una espuela de plata vieja, opaca por los años, la única herencia que Julián conservaba de su padre.
Lo llevaron al pueblo yaqui cuando el sol ya estaba cayendo. Las ramadas de carrizo rodeaban el fogón principal, y cada rostro que lo miraba parecía pesar más que el anterior. Mujeres, viejos, niños, hombres armados. Nadie sonreía. Nadie le daba la bienvenida.
En el centro esperaba el jefe Severo Buitimea.
No era un hombre escandaloso ni necesitaba levantar la voz. Estaba sentado junto al fuego, inmóvil, como si el aire mismo le perteneciera. A su lado se mantenía el joven guerrero que había capturado a Julián. Más atrás, apoyado con descaro contra un poste de mezquite, estaba Tomás Valdés, un intermediario mestizo que traficaba favores entre rancheros, soldados y comunidades indígenas. Tenía la clase de sonrisa que anunciaba veneno antes de abrir la boca.
—Entraste en tierra yaqui sin permiso —dijo Severo.
—Buscaba agua para mi caballo —respondió Julián, sin bajar la cabeza.
—Ahora buscas algo más.
Tomás soltó una risa breve.
—Ojalá le guste el trato.
Julián sintió varias miradas clavadas sobre él.
—Tu caballo se queda —dijo el jefe—. A menos que te cases con mi hija.
Por un segundo, Julián creyó haber oído mal. Después vinieron las carcajadas. Algunas contenidas. Otras abiertas. Una mujer se cubrió la boca. Un par de hombres se miraron con burla. Tomás fue el primero en dar un paso al frente.
—Ni el hambre vuelve tan loco a un hombre —dijo—. Nadie se queda cuando la ve.
Alrededor del fuego empezaron los murmullos.
Fea.
Marcada.
Maldita.
Ni un viudo la quiso.
Julián no conocía a la hija del jefe, no sabía qué era cierto y qué nacía del veneno de la costumbre, pero sí sabía algo: sin Centella estaba perdido. En esa tierra un hombre sin caballo era menos que un hombre. Sin embargo, no fue eso lo único que lo sostuvo. En los ojos de Severo no había burla. Había otra cosa. Una prueba. Una trampa. O quizá ambas.
—La decisión es tuya —dijo el jefe.
Julián miró a Centella, quieto a unos pasos, y luego volvió la vista al fogón.
—Acepto.
Las risas se cortaron de golpe. Así, sin eco, sin restos. Como si alguien hubiera partido la noche con un machete.
Desde una de las ramadas salió entonces una figura vestida con manta blanca y bordados oscuros. Caminaba despacio, erguida, con el rostro cubierto por un velo ceremonial tan limpio que parecía brillar contra la tierra seca. Nadie se movió. Ni un niño. Ni una anciana. Ni Tomás, que por primera vez perdió un poco la sonrisa.
La hija del jefe se detuvo frente a Julián.
Severo habló otra vez.
—Todavía no la has visto. Puedes arrepentirte ahora y marcharte sin nada.
Julián observó la manera en que ella permanecía inmóvil, sin temblar, sin agachar la cabeza, como si hubiera soportado demasiadas cosas para seguir dándole poder al juicio ajeno.
—Ya elegí —dijo.