—Ximena… haz algo —susurró Fernanda, nerviosa.
Pero ¿qué podía hacer?
Antes de que reaccionara, Gabriela dio un paso al frente.
No levantó la voz, pero su presencia impuso silencio.
—Pasé seis meses trabajando en esa casa —dijo con calma.
El salón entero quedó en silencio.
—Seis meses viendo cómo las personas tratan a quienes creen que no tienen valor.
Sus ojos recorrieron lentamente a los invitados… hasta detenerse en Ximena.
—Aprendí mucho.
Ximena intentó sonreír, incómoda:
—Gabriela… todo esto es un malentendido…
Gabriela negó suavemente.
—No. Fue una elección.
Las palabras cayeron como un golpe seco.
Un hombre elegante intervino:
—¿Entonces todo esto… fue una prueba?
Gabriela lo miró con serenidad.
—Fue una forma de entender quién ve a las personas… y quién solo ve su posición.
En ese momento, Sebastián apareció entre la multitud. Al escuchar el apellido Villaseñor, su expresión cambió por completo.
Se acercó rápidamente:
—Señorita Gabriela, si ha habido algún problema, estoy seguro de que podemos—
Pero se detuvo.
La mirada de Gabriela no era de enojo.
Era peor.
Era claridad.
—No vine a causar problemas —dijo ella con tranquilidad—. Solo vine a la gala a la que fui invitada.
Sin embargo, el mensaje ya estaba dado.
Poco a poco, el ambiente cambió:
- Las mismas personas que la ignoraban ahora querían hablar con ella
- Quienes se burlaban, evitaban su mirada
- Y quienes se creían superiores… quedaron expuestos
La hipocresía flotaba en el aire.