habría necesitado rehabilitación extensiva, podría recuperar algo de función, pero nunca sería completamente el mismo. Durante los días que Fernando estuvo en cuidados intensivos, Carmen prácticamente vivió en el hospital y durante todo ese tiempo, sus cuatro hijos también estuvieron ahí, no dentro de la habitación, pero en la sala de espera. Llegaban temprano cada mañana y se quedaban hasta tarde cada noche. Traían comida para Carmen, aunque ella rara vez comía. Le traían almohadas y mantas. Se aseguraban de que tuviera todo lo que necesitaba.
No hablaron mucho. Carmen todavía no estaba lista para conversaciones profundas, pero su presencia, su apoyo silencioso comenzó a ablandar algo en su corazón. Una noche, una semana después del derrame de Fernando, Carmen salió de la habitación para estirar las piernas. Era casi medianoche y esperaba que la sala de espera estuviera vacía. Pero los cuatro estaban ahí, todos dormidos en sillas incómodas, negándose a irse a casa. Carmen se detuvo y los observó. Daniel dormía con su chaqueta como almohada, su cara marcada por el cansancio.
Mónica tenía su cabeza recostada contra la pared, todavía vestida con su ropa de la clínica gratuita. Sebastián estaba acurrucado en posición fetal en dos sillas juntas. Gabriela estaba recostada contra el brazo de Daniel, ambos inconscientes. Se veían vulnerables, se veían cansados, se veían humanos. Carmen sintió lágrimas brotar en sus ojos. Estos eran sus hijos. A pesar de todo lo que habían hecho, a pesar del dolor que habían causado, seguían siendo sus hijos. Y aquí estaban durmiendo en sillas de hospital incómodas, negándose a irse, tratando de estar ahí para ella de la única manera que sabían.