Una que la trajo al mundo.
Y otra que la crió con ternura.
Un año después, en el mismo parque, Isabel ya no vestía ropa rota. Llevaba un vestido sencillo y el cabello recogido. El banco estaba vacío.
Porque ya no lo necesitaba.
Clara caminaba entre Mark y Elaine, riendo.
Mia y Jordan corrían unos pasos adelante.
Y cuando pasaron por el lugar donde todo comenzó, Clara giró la cabeza.
Isabel levantó la mano y sonrió.
No como una mujer rota.
Sino como una madre que, después de perderlo todo, había recuperado lo más importante.
Y Clara sonrió de vuelta.
Porque ahora ya sabía la verdad.
Y la verdad no la había separado.
La había hecho más fuerte.
Más completa.
Más amada que nunca.