“No hay acuerdo”.
Afuera, Dora intentó acercarse a mi madre, pero un agente la detuvo.
“Aléjese”.
Dora gritó:
“Esto no se queda así”.
Mi madre respiró lento. Yo le apreté la mano.
Juan se quedó a mi lado sin tocarme.
“Valeria…”, susurró.
Yo no lo miré.
“Aún no, Juan”.
Y ese “aún” fue lo único que pude darle.
Horas después llegó la noticia: congelamiento de cuentas y aseguramiento del rancho mientras se investigaba. Dora llamó a Juan veinte veces. Él no respondió. Ernesto intentó contactarlo por mensajes: “Te arrepentirás”.
Juan me mostró el celular, pálido.
“¿Qué hago?”
Yo respiré hondo.
“Guardar todo. No borrar nada”.
Alejandra dijo:
“Cada amenaza es un clavo más”.
Y yo, por primera vez, sentí que el miedo empezaba a cambiar de bando.
Esa noche, Paula me llamó llorando.
“Mi mamá está diciendo que tú la odiaste desde siempre”.
Yo cerré los ojos.
“Paula, yo solo quise respeto”.
Paula sollozó.
“Ernesto me dijo que si hablo me quita todo”.
Sentí rabia.
“Paula, si tú declaras, te protegen”.
Ella dudó.
“Tengo miedo”.