Me faltó el aire. Alejandra apretó los dientes.
“Eso es gravísimo”.
Salimos de la oficina de Julián con una mezcla de alivio y terror. Alivio por tener pruebas. Terror por lo que Dora era capaz de hacer.
En el hotel esa noche, Juan se sentó frente a mí.
“Valeria, yo te amé”.
Yo lo miré con ojos secos.
“Amar no te dio derecho a mentir”.
Juan tragó saliva.
“Haré lo que sea”.
Yo respondí:
“Entonces, entrégate a la verdad, aunque te duela”.
Al día siguiente volvimos con Ramírez para integrar el testimonio de Julián. Firmó bajo protección. Cuando salió, respiró como si por fin soltara una piedra.
Ramírez nos advirtió:
“Ernesto y Dora reaccionarán”.
No era advertencia, era certeza.
En el camino de regreso a la ciudad, vi en el retrovisor un auto siguiéndonos por varios kilómetros. Mi corazón se aceleró. Juan lo notó.
“Nos siguen”, dijo.
Mi madre apretó el rosario hasta blanquear los dedos. Alejandra ordenó por teléfono:
“No se detengan. Vayan directo a un punto seguro”.