Mi madre miró fijo esa hoja.
“Ese es el nombre de soltera de Dora”, dijo despacio.
Dora abrió la boca, pero no salió nada. Juan se tambaleó. Yo sentí un zumbido en los oídos.
“Entonces el dinero nunca se perdió”.
Dora recuperó la voz agresiva.
“Eso no prueba nada”.
Alejandra le mostró otra hoja.
“Depósitos justo después del incendio. Justo después del préstamo”.
Ernesto se acercó como toro.
“No sabes con quién te metes”.
Ramírez levantó una mano.
“Señor, un movimiento más y lo retiro del lugar”.
Ernesto se frenó, pero su mirada prometía guerra.
Juan murmuró:
“Mamá… ¿por qué tu nombre?”
Dora le tomó el rostro, desesperada por controlarlo.
“Porque yo cuidaba el dinero para ti, para tu futuro”.
Juan la apartó suavemente.
“¿Y por qué culpar a Silvia?”
Dora miró a mi madre con odio antiguo.
“Porque ella lo vio. Porque ella siempre quiso ser más que una empleada”.