“Señora Dora, quizá conviene retirarnos”.
Dora lo fulminó con la mirada. Luego se acercó a mi madre, muy cerca, como para intimidarla.
“Silvia, si mañana abres la boca, no te imaginas lo que puedo hacer”.
Mi madre levantó la barbilla.
“Ya me lo imagino. Llevo años viviendo con su amenaza”.
Dora se quedó quieta. En su cara vi algo parecido al pánico, como si mi madre guardara una verdad que podía derrumbarla. Yo lo sentí también.
Dora salió sin despedirse, seguida del abogado. Juan se quedó en el pasillo, respirando agitado.
“Valeria, estás exagerando”, murmuró, pero su voz ya no tenía fuerza.
“No”, respondí. “Hoy vi quién manda en tu vida”.
Juan intentó tomar mi mano. La retiré.
“Necesito saber todo. Todo, Juan”.
Él apretó los labios.
“Mañana te lo cuento”.
Esa promesa sonó hueca. Cerré la puerta y abracé a mi madre.
“Perdóname por traerlos a esto”, sollozó.
“No, mamá. Perdóname por no haber visto antes”.
Ella me acarició el cabello como cuando era niña.
“Dora tiene miedo porque yo sé algo, algo que su familia enterró”.
Mi piel se erizó.
“¿Qué sabes?”
Mi madre respiró profundo.
“Que el dinero del préstamo no desapareció. Fue desviado”.
Me senté de golpe.
“¿Desviado por quién?”