La jueza se agarró del estrado.
Clara empezó a llorar en silencio, apretando a Leo contra el pecho como si quisiera fundirlo con su propio cuerpo.
Pero faltaba lo peor.
El técnico abrió un video.
Una cámara de seguridad.
Fecha. Hora. El estacionamiento trasero del edificio donde mataron a Julián Enríquez.
Se veía un sedán negro.
Se veía a Julián bajar.
Se veía a un hombre acercarse con gorra.
No era Mateo.
No tenía su cuerpo, ni su forma de caminar.
Y cuando el asesino levantó el rostro un segundo hacia la cámara, el tribunal entero lanzó un murmullo ahogado.
Era Bruno Salvatierra.
El jefe de escoltas de Vicente Aranda.
Bruno disparaba.
Julián caía.
Y después, en la misma grabación, aparecía otra figura entrando por un costado dos minutos más tarde.
Mateo.
Llegando tarde.
Corriendo.
Desesperado.
Demasiado tarde para salvar a nadie.
Demasiado a tiempo para que le cargaran el muerto.
—Dios mío… —se le escapó a alguien en la última fila.
El fiscal se puso de pie.
—Su señoría, solicito la inmediata suspensión de la sentencia, la detención preventiva del señor Vicente Aranda y la apertura de una investigación por fabricación de pruebas, soborno, homicidio agravado y asociación criminal.
Vicente sonrió otra vez.
Pero ya no era la sonrisa segura de antes.
Era algo roto.
Desesperado.
—¿Y van a basar todo en una memoria plantada? —escupió—. ¿En un video que cualquiera puede editar?
Entonces sonó una tercera voz en el audio siguiente.
Una voz masculina.
Temblorosa.
—Si están oyendo esto, es porque probablemente ya estoy muerto.
Nadie se movió.