Varias cabezas giraron al mismo tiempo.
Vicente alzó la mano despacio.
Vacía.
—Solo iba a sacar mi teléfono para llamar a mi abogado.
—Nadie va a llamar a nadie —sentenció la jueza— hasta saber qué contiene esto.
Los periodistas, que hasta hacía un minuto habían dado el caso por terminado, parecían animales oliendo sangre.
Uno de los técnicos del tribunal conectó la memoria a una laptop del juzgado.
Hubo unos segundos eternos.
La pantalla se quedó negra.
Luego apareció una carpeta.
Solo tenía un nombre.
**ARANDA**
Nadie respiró.
El técnico abrió el primer archivo.
Era un audio.
La voz salió por los altavoces con un chasquido sucio.
—No quiero errores —decía un hombre—. Julián firma mañana. Esta noche desaparece. Y el chofer también, si hace falta.
Mateo sintió que se le helaban las manos.
Conocía esa voz.
Todos la conocían.
Era Vicente.
En el archivo siguiente, la misma voz decía otra cosa.
—El muchacho sirve perfecto. Tiene antecedentes menores, deudas, y trabajó dos meses cerca del almacén. Métanlo en la escena. Compren a quien haya que comprar.
El fiscal se quedó inmóvil.