Fue condenado a cadena perpetua por un crimen que no cometió. Antes de ser llevado a prisión, pidió tener a su hijo recién nacido en brazos por tan solo un minuto. Pero lo que hizo mientras sostenía al bebé dejó atónito a todo el tribunal y a un multimillonario.

Mateo no se movió.

Vicente reaccionó por fin.

—Su señoría, eso no prueba nada —dijo demasiado rápido—. Cualquiera pudo meter un objeto en esa manta para provocar un circo y retrasar la ejecución de la sentencia.

La jueza giró el rostro hacia él.

—¿Ejecución? Esto no es una pena de muerte, señor Aranda.

Vicente tragó saliva.

Había hablado sin pensar.

Y toda la sala lo notó.

El fiscal frunció el ceño por primera vez.

Mateo sostuvo a Leo con un brazo y alzó la memoria con el otro.

—¿Le preocupa lo que haya ahí dentro? —preguntó, clavándole la mirada a Vicente.

—Me preocupa el respeto a este tribunal.

—No. Le preocupa su nombre.

El silencio cayó de nuevo.

Denso.

El tipo de silencio que llega cuando una mentira empieza a romperse desde adentro.

La jueza extendió la mano.

—Señor Santos, entregue al niño a su madre y el dispositivo al actuario. Ahora.

Mateo dudó dos segundos.

Luego le devolvió a Leo a Clara con un cuidado que partía el alma.

Después dejó la memoria en manos del secretario judicial.

Vicente metió la mano en el bolsillo de su saco.

Un gesto mínimo.

Pero Mateo lo vio.

También lo vio una agente de seguridad que estaba junto a la puerta. Se tensó de inmediato.

—¡Manos donde pueda verlas! —gritó.