"No es suficiente", murmuró. "Necesito más."
Sacó la olla blanca, le sonrió dulcemente como si fuera su novio, la tocó tres veces y dijo: "Oh, olla dulce, por favor dame más dinero. Mucho dinero."
Esperó, ya sonriendo, imaginándose comprando un coche y alquilando un piso grande.
Pero esta vez, la habitación se volvió extrañamente fría.
La olla tembló ligeramente—
Luego desapareció ante sus ojos como humo.
La sonrisa de Tracy se desvaneció al instante.
"¡Ah! ¡Mi olla!"
Antes de que pudiera moverse, el aire en la habitación cambió y aparecieron de repente dos bailes de máscaras, como si hubieran salido del suelo. Sus cuerpos estaban cubiertos, sus rostros ocultos, y su presencia llenaba la habitación de miedo.
Las piernas de Tracy flaquearon. Intentó huir, pero su cuerpo se negó a obedecer.
Las máscaras se movían rápido y empezaron a golpearla—no de forma sangrienta, sino con golpes fuertes que la hicieron llorar y suplicar.
"¡Ayuda! ¡Ayúdame!"
No vino nadie. Las paredes ahogaron su voz.
Mientras lloraba y suplicaba, una mascarada habló con una voz profunda y enfadada que sonaba como un trueno dentro de un tambor.
"Humano codicioso. Alma malvada. Robaste lo que no es tuyo. Usaste la amistad como trampa. Ahora escucha con atención. Ve al pueblo ahora. Ve y pide perdón a tu amigo. Ve y devuélveme lo que robaste."
Tracy temblaba violentamente, llorando hasta que su cara quedó empapada. "¡Por favor! Por favor, no me mates. ¡Lo siento! ¡Lo siento muchísimo! ¡Perdóname! Volveré. Voy a pedir disculpas. ¡Haré cualquier cosa!"
La mascarada se acercó y le advirtió: "Si te retrasas, tu sufrimiento será peor. El regalo que robaste nunca te bendecirá. Solo te destruirá."
Tracy asintió rápidamente, llorando como una niña. "Me voy ahora. Lo prometo."
Las máscaras desaparecieron por donde llegaron, dejando a Tracy sola en el suelo, temblando, magullada y aterrorizada.
Por primera vez desde que robó la marihuana, Tracy comprendió una dura verdad:
Algunos atajos llevan directamente al castigo.
Mientras tanto, Joy estaba en el pueblo, sentada en su colchón en su pequeña habitación, callada y rota. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar, y su pecho se sentía pesado como si alguien hubiera echado arena dentro.
No paraba de culparse a sí misma. ¿Por qué confiaba en ella? ¿Por qué me he bebido eso? ¿Por qué no escuché a mi espíritu?
Se levantó despacio, se secó la cara y luego se giró—
y se quedó paralizado.