¡ESCÁNDALO! Su padre le dijo que 2 de sus trillizos muri3ron,


El tráfico denso lo obligó a tomar un atajo por una zona industrial descuidada, un cinturón de miseria que contrastaba violentamente con los rascacielos de cristal de San Pedro Garza García. De repente, Pedro se despertó de un salto, pegando su pequeña nariz al cristal de la ventana. Su rostro, usualmente pálido, se llenó de un asombro aterrador.
—¡Papá, frena el coche! ¡Frena ahora! —gritó el niño con una desesperación que Eduardo nunca le había escuchado.
Eduardo frenó en seco, el chirrido de las llantas resonando en el callejón desierto. Antes de que pudiera preguntar qué sucedía, Pedro señaló hacia un enorme contenedor de basura metálico. Allí, bajo una llovizna gris y persistente, 2 niños pequeños, sucios y cubiertos de harapos, hurgaban entre los desperdicios buscando algo que comer.
El corazón de Eduardo se detuvo. No era solo la imagen de la pobreza extrema lo que lo impactó. Fue ver que esos 2 niños, a pesar del lodo en sus rostros y el cabello enmarañado, tenían los mismos rizos oscuros, la misma forma de la mandíbula y, sobre todo, esos ojos verdes esmeralda que Patricia le había heredado a Pedro. Eran 3 gotas de agua. 1 milagro o una pesadilla imposible.
Eduardo bajó del coche como en un trance. Los niños, asustados, intentaron retroceder, pero Pedro ya había bajado y corría hacia ellos. Lucas y Mateo, como supo después que se llamaban, se abrazaron con fuerza, temblando de frío. Al verlos de cerca, Eduardo sintió que el mundo se inclinaba. No podía ser una coincidencia. No había forma de que 2 extraños fueran clones exactos de su propio hijo.