Solo la respiración cansada de Roberto al apagar las velas.
Después tomó mi mano. Sus dedos estaban fríos y delgados, como ramas secas. Me miró con esa mezcla de ternura y tristeza que empezó a tener desde que supo que se iba a morir antes que yo.
—Julieta —me dijo—. Quiero que me prometas algo.
—Lo que sea.
Se quedó mirando la sala. Seguí la dirección de sus ojos. En la pared estaba nuestra foto de bodas, esa en blanco y negro donde yo aparezco con un velo modesto, sonrisa nerviosa y veinte kilos menos, y él con un traje rentado que le quedaba grande en los hombros, pero una felicidad tan enorme que llenaba toda la imagen.
—Cuando yo ya no esté, prométeme que vas a ser feliz.
Me reí, incómoda.
—No digas tonterías.
—Prométemelo.
—Roberto…
Me apretó la mano con una fuerza que no pensé que todavía tuviera.
—No dejes que nadie te quite la sonrisa. Ni siquiera ellos.
En ese momento no quise entender.
Tal vez una parte de mí sí entendió, pero decidió voltear para otro lado. Así hice muchas veces en mi vida: vi señales, pero preferí llamarlas malentendidos. Vi indiferencia, pero la vestí de cansancio. Vi egoísmo, pero le puse de nombre “así son los tiempos”.
Roberto murió cuatro semanas después.
Un viernes por la tarde.
Yo estaba a su lado en la cama del hospital, sosteniéndole la mano. Afuera llovía. Lo recuerdo porque las gotas corrían por el vidrio y parecían caminos. Él abrió los ojos una última vez. Ya casi no le quedaba voz. Me vio como me miró toda la vida: como si yo fuera algo valioso, algo digno de ternura, algo que debía cuidarse.
—Gracias por todo, mi reina —susurró.
Y luego se fue.
Sin drama.
Sin gritos.
Sin reclamos.
Como una vela que termina de consumirse y se apaga con un último hilo de humo.
Yo lloré hasta sentir que me iba a romper. Lloré encima de sus manos, sobre las sábanas, sobre el hombro de una enfermera que ni siquiera conocía. Lloré todo lo que no había llorado en meses porque mientras él estuvo vivo yo no podía darme ese lujo. Tenía que cuidarlo, alimentarlo, bañarlo, cambiarlo, sostenerlo. Después de su muerte, ya no tenía a quién sostener más que a mí misma, y ni siquiera eso sabía hacer.
Mis tres hijos llegaron al hospital.
Rodrigo con su traje gris de ejecutivo y el ceño fruncido, como si el tráfico lo hubiera molestado más que la muerte de su padre.
Patricia con lentes oscuros aunque ya había anochecido.
Daniel con esa cara ausente de quien no sabe bien qué hacer con el dolor, así que lo esquiva.
Los abracé a los tres. Lloré en sus hombros. Y por un instante, un solo instante, creí que tal vez aquello iba a unirnos. Creí que la muerte de Roberto nos iba a devolver lo que la vida moderna nos había ido arrancando poco a poco: la costumbre de estar juntos.
Qué ingenua fui.
II
El velorio fue en la funeraria San Rafael.
Todo blanco. Todo perfumado con lirios, azucenas y tristeza.
Roberto no quiso que el ataúd estuviera abierto. “No quiero que me recuerden acabado”, me dijo una semana antes, cuando todavía podía hablar en frases completas. Así que estaba cerrado, rodeado de flores, en medio de una sala helada donde la gente entraba, me apretaba la mano, me abrazaba con cuidado y decía frases que uno jamás escucha de verdad cuando acaba de quedarse viuda.
“Era un gran hombre.”
“Ya no sufre.”
“Ahora está en un lugar mejor.”
Yo asentía. Sonreía apenas. Daba las gracias.
Por dentro era puro vacío.
Mis hijos estaban conmigo al principio. Sentados a mi lado. Correctos. Cumpliendo.
Pero cuando me levanté para ir al baño, los escuché.
Fue por accidente. O quizá no. Quizá el destino quiso que oyera lo que debía oír.
Venían del pasillo lateral, ese que daba a una pequeña salita con una máquina de café y dos sillones viejos. Sus voces eran bajas, pero no lo suficiente. Me detuve en seco antes de entrar. La puerta estaba entreabierta.
—No podemos dejarla sola en esa casa —dijo Rodrigo.
—¿Y qué propones? —preguntó Patricia.
—¿Que se venga a vivir con alguno de nosotros? Yo no puedo —soltó Daniel de inmediato—. Ni tengo espacio ni… ya saben cómo es mamá. Siempre quiere opinar en todo.
Se me heló la sangre.
Quise pensar que había oído mal.
Pero no.
Rodrigo siguió hablando con esa voz de hombre que cree que resolver problemas es sinónimo de tomar decisiones por todos.
—Hay un asilo muy bueno en Coyoacán. Me habló un cliente de él. Tiene enfermeras, jardín, vigilancia. Podríamos dividirnos el gasto entre los tres y ya.
Patricia dudó.
—¿No es muy pronto?
—¿Pronto? Papá acaba de morir. Mamá no puede estar sola. Y seamos honestos: ninguno de nosotros va a poder hacerse cargo. Es lo mejor para ella.
Lo mejor para ella.
Cómo le gusta a la gente esconder la comodidad propia detrás de esas cuatro palabras.
“No quiero complicarme” se vuelve “es lo mejor para ti”.
“No me estorbes en mi vida” se vuelve “vas a estar mejor cuidada”.
“Ya no sé qué hacer contigo” se vuelve “pienso en tu bienestar”.
Nadie respondió por unos segundos.
Y luego Patricia dijo algo que me terminó de romper:
—Bueno… quizá sí sea lo mejor. Así todos podemos seguir con nuestras vidas.
Con nuestras vidas.
Como si yo ya no perteneciera a ninguna.
Retrocedí sin hacer ruido. Entré al baño. Me encerré en uno de los cubículos y me tapé la boca con las manos para no soltar un grito. Sentí que el piso se movía. Sentí una vergüenza tan grande que me ardió la piel. No por ellos. Por mí. Por haberlos amado tanto. Por no haber visto venir esto. Por haberme quedado años justificando ausencias que en realidad eran desamor.
Me miré al espejo antes de volver a la sala.
Tenía el rímel corrido, los ojos inflados, la piel gris.
Y entendí algo brutal: para mis hijos, yo ya no era su madre.
Era un asunto por resolver.
Un pendiente.
Un mueble viejo.
Tres días después del funeral, Rodrigo llegó a la casa con unos papeles en una carpeta azul.
Yo estaba en la cocina, haciendo café para dos como una tonta, porque las costumbres tardan más en morirse que las personas.
—Mamá, tenemos que hablar.
Su tono no era tierno. Era administrativo.
—¿De qué, hijo?
Puso la carpeta sobre la mesa.
Documentos de ingreso.
Asilo San Francisco de Asís.
Coyoacán.
Requisitos, reglamento, costos, firma del responsable.
—Es por tu bien, mamá. Ahí vas a estar acompañada, cuidada. Nosotros te vamos a visitar cada semana. Te lo prometo.
Mírame qué bonita sigo escuchando esa palabra: prometo.
Prometen los hombres que van a quedarse.
Prometen los hijos que van a volver.
Prometen todos hasta que el cumplimiento les cuesta algo.
Miré los papeles. Luego lo miré a él.
No vi crueldad.
Ojalá la hubiera visto.
La crueldad abierta por lo menos se combate.
Lo que vi fue peor: alivio.
El alivio de quien cree que por fin se está quitando un peso de encima.
Y yo, en vez de pelear, firmé.
Firmé porque acababa de enterrar a mi esposo.
Porque llevaba semanas sin dormir.
Porque todavía estaba tan herida que no tenía fuerza ni para defenderme.
Firmé porque me habían educado para no hacer escándalo.
Firmé porque una parte de mí seguía esperando que todo fuera temporal, que quizá en unos días alguno de ellos recapacitara, me abrazara y dijera: “Perdóname, mamá, vamos a casa”.
Esa misma tarde me llevaron.
Yo me fui con una maleta pequeña, una foto de Roberto, algo de ropa, mi duelo entero… y un billete de lotería arrugado en el bolsillo del abrigo.
III
La casa de la colonia Del Valle fue el centro de mi vida durante treinta y ocho años.
No era mansión. No era de revista. No tenía acabados importados ni ventanas enormes ni cocina de catálogo. Pero tenía historia. Tenía un limonero en el patio que Roberto plantó cuando nació Rodrigo. Tenía azulejos antiguos en la cocina. Tenía una escalera de madera que crujía en el tercer peldaño desde que nos mudamos. Tenía la marca en la pared donde Daniel estampó un balón cuando tenía nueve años. Tenía la mesa del comedor donde Patricia hizo sus tareas de secundaria. Tenía el sillón desde el que Roberto veía el fútbol y se dormía con el periódico en la cara.
Tenía vida.
Conocí a Roberto cuando yo tenía veintiún años. Él trabajaba en una ferretería del centro y yo ayudaba a mi padre en un taller de costura. Entré buscando hilo de cobre para arreglar una lámpara y salí sin saber qué había comprado, pero recordando exactamente el color de sus ojos.
Volví a la tienda al día siguiente.
Y al otro.
Y al otro.
A la cuarta vez, él me esperaba en la puerta.
—Señorita, ya sé que usted no viene por cable —me dijo.
Yo me puse colorada.
—¿Ah, no?
—No. Viene a verme.
Nos casamos seis meses después.
No tenía dinero. No tenía universidad. No me prometió viajes a París ni una luna de miel de película. Pero me prometió que nunca me dejaría sola. Y cumplió. Cumplió todos los días, incluso los malos, incluso los grises, incluso los de enfermedad, incluso los de pobreza.
Con Rodrigo llegaron las desveladas. Con Patricia llegaron la ternura y los vestidos de encaje que yo le cosía. Con Daniel llegaron el caos y las primeras preocupaciones.
Éramos una familia de domingo.
Yo hacía mole o arroz rojo. Roberto ponía a Los Panchos o a Javier Solís. Los niños corrían en el patio. La casa olía a comida, a jabón, a vida doméstica. A veces no teníamos mucho, pero siempre teníamos lo suficiente para sentirnos completos.
O eso creí.
Los hijos crecen y el amor maternal tarda en aceptar que crecer también puede significar alejarse hasta volverse irreconocibles.
Rodrigo fue el primero en irse del nido con una velocidad que yo confundí con madurez. Buen puesto, buen traje, buen carro, buena esposa. Valeria. Elegante, fría, educada de ese modo en que algunos ricos te hacen sentir pobre aunque no hablen fuerte. Se mudaron a Polanco. Al principio todavía venían algunos domingos. Después, una vez al mes. Luego, cuando “la agenda lo permitiera”.