Las calles del barrio estaban tranquilas. Era el día de la madre, así que la mayoría de la gente estaba encerrada en sus patios, celebrando, fingiendo felicidad o soportando a sus propios Faustos. Doblé la esquina en la avenida principal y caminé cinco cuadras hasta llegar a la plaza central. Busqué refugio en una pequeña cafetería tradicional llamada El Buen Grano, un lugar de paredes pintadas de verde pálido donde el aroma a café recién tostado siempre lograba calmarme los nervios. El local estaba casi vacío.
Elegí una mesa pequeña junto a la ventana, desde donde podía observar el movimiento de los pocos transeúntes. Un muchacho joven con un delantal impecable se acercó a tomar mi pedido. Me habló despacio, arrastrando las vocales, casi gritando y con ese tono dulce, pero condescendiente, que los jóvenes reservan para los niños pequeños y para los ancianos. Me preguntó si quería un vasito de agua tibia para acompañar un té de manzanilla, porque seguro el café negro me iba a caer pesado al estómago a mi edad.
Lo miré a los ojos, esbocé una sonrisa amable, pero firme, y le pedí un café negro bien cargado, sin azúcar y con un vaso de agua mineral con hielo. El muchacho parpadeó, sorprendido por la firmeza de mi voz, asintió rápidamente y se marchó hacia la barra.
Mientras esperaba mi pedido, abrí mi vieja cartera de lona bordada. Metí la mano y saqué mi pequeño radio de transistores plateado. Era un aparato pesado y resistente, con una abolladura en el costado izquierdo, recuerdo del día en que un bulto de 50 kg de harina se le cayó encima en el año 98. A pesar del golpe, el radio seguía funcionando a la perfección. Durante 30 años, ese pequeño cajón de metal fue mi única compañía en las madrugadas silenciosas de la panadería, cuando el mundo entero dormía y yo me enfrentaba a la masa. Lo encendí, giré la perilla del volumen al mínimo y busqué una estación de noticias en amplitud modulada. El suave chisporroteo de la estática y la voz grave del locutor me devolvieron a mi centro.