En Nochebuena, la encontró durmiendo en el ático con su hijo pequeño, y todo cambió.

—Nada malo —contestó, secándose rápido—. Es que… ella no confía en cualquiera. Desde que nos abandonaron, llora cuando la carga alguien más. Pero con usted no. Con usted se calma. Como si supiera.

Julián miró a la niña dormida y sintió un golpe feroz de ternura. Uno que le dio miedo.

Porque cinco años atrás había enterrado a Mariana, su esposa, y al hijo que apenas vivió unas horas. Desde entonces, había cerrado la habitación del bebé, escondido la cuna, enterrado el amor junto a ellos y se había dedicado a trabajar como si el cansancio pudiera reemplazar el vacío.

Pero Amalia, con sus manos pequeñas y su confianza sin preguntas, estaba abriendo grietas donde antes solo había piedra.

La tormenta grande llegó en enero. Tres días enteros de viento y nieve contra las paredes. Quedaron encerrados en una especie de mundo pequeño donde solo existían el fuego, el pan caliente, la risa de Amalia aprendiendo a sentarse y la compañía peligrosa de empezar a necesitarse demasiado.

Fue entonces cuando Elena habló de la primavera.

—Cuando abran los caminos, tendré que irme —dijo una noche, mirando el fuego—. Mi hermana debe de seguir en Hermosillo. No puedo quedarme para siempre.

Julián sintió aquellas palabras como agua helada bajándole por la espalda.

Asintió, porque no supo hacer otra cosa.

Desde ese día, todo se volvió torpe. Elena comenzó a remendar su vestido y a ordenar sus pocas cosas. Julián, en un intento cobarde de protegerse, empezó a distanciarse. Pasaba más tiempo fuera, hablaba menos, respondía con frases cortas.

Una mañana, Elena lo encontró en el establo lijando una vieja cuna de madera.

—¿Es para Amalia? —preguntó, y en su voz había una esperanza tímida.

Julián levantó la vista. Debió decir que sí. Debió decir que la estaba arreglando para ella, que quería verla dormir allí, que ya no podía imaginar la casa sin sus balbuceos. Pero el miedo habló por él.

—No. Para alguna familia que la necesite después.