En Nochebuena, la encontró durmiendo en el ático con su hijo pequeño, y todo cambió.

—Cuando abran los caminos, tendré que irme —dijo una noche, mirando el fuego—. Mi hermana debe de seguir en Hermosillo. No puedo quedarme para siempre.

Julián sintió aquellas palabras como agua helada bajándole por la espalda.

Asintió, porque no supo hacer otra cosa.

Desde ese día, todo se volvió torpe. Elena comenzó a remendar su vestido y a ordenar sus pocas cosas. Julián, en un intento cobarde de protegerse, empezó a distanciarse. Pasaba más tiempo fuera, hablaba menos, respondía con frases cortas.

Una mañana, Elena lo encontró en el establo lijando una vieja cuna de madera.

—¿Es para Amalia? —preguntó, y en su voz había una esperanza tímida.

Julián levantó la vista. Debió decir que sí. Debió decir que la estaba arreglando para ella, que quería verla dormir allí, que ya no podía imaginar la casa sin sus balbuceos. Pero el miedo habló por él.

—No. Para alguna familia que la necesite después.

El rostro de Elena cambió apenas, pero fue suficiente.

—Claro —dijo—. Tiene sentido.

Se dio la vuelta y se fue.

Desde entonces, el aire se enfrió incluso dentro de la casa. Amalia se volvió más inquieta, como si notara la grieta que se estaba abriendo entre los dos adultos a los que había aprendido a querer.

Días después, Julián preparó la carreta para llevarlas al pueblo. Elena enviaría una carta, buscaría trabajo, esperaría a que pasara el invierno para continuar hacia Hermosillo.

La mañana de la partida amaneció clara y cruelmente hermosa. Julián subió primero a Elena, luego le entregó a Amalia. La niña miró de una cara a otra, confundida. En cuanto él tomó las riendas, empezó a llorar. No un llanto de capricho, sino uno desgarrado, desesperado, como si entendiera que algo importante estaba a punto de romperse.

Se inclinó hacia Julián, estirando los brazos con una urgencia que le atravesó el alma.

Él la tomó. La niña se aferró a su abrigo y escondió la cara en su pecho, sollozando.

—Ella sabe —dijo Julián, con la voz ronca.

Elena se cubrió la boca para no llorar.

Entonces Julián sintió el calor.

Demasiado calor.

—Elena —dijo de golpe—. Tóquele la frente.

Ella obedeció y se puso blanca.

—Está ardiendo.

No hicieron el viaje. Volvieron a la casa a toda prisa. Durante horas lucharon contra la fiebre con paños fríos, agua, oraciones y miedo. Cuando cayó la noche, Elena ya estaba quebrada.

—No otra vez, por favor —repetía, abrazando a la niña—. No me la quites. Es lo único que tengo.

Julián la sostuvo por los hombros.

—No estás sola.

Velaron juntos hasta la madrugada. Solo cuando la fiebre empezó a bajar, lentamente, Elena se desplomó contra él, temblando de alivio y agotamiento.

Fue entonces cuando confesó la verdad.

No había lugar para ellas en Hermosillo.

La última carta de su hermana, recibida meses atrás, decía que los tiempos eran malos y que ya no podía recibirlas. Elena había mentido. Pensaba ir de todos modos porque no sabía qué otra cosa hacer. Porque era mejor caminar hacia una mentira que quedarse donde uno se siente de sobra.

Julián la miró como si el mundo se hubiera detenido.

—Yo pensé que querías irte —dijo él—. Pensé que solo estaban esperando el momento para dejar esta casa.

Elena soltó una risa triste entre lágrimas.

—Y yo pensé que usted ya estaba cansado de nosotras.

Hubo un silencio largo. Luego Julián respiró hondo, como quien por fin se decide a abrir una puerta cerrada demasiados años.

—No quiero que se vayan —dijo—. No he querido ni un solo día. Me alejé porque tenía miedo. La última vez que amé a alguien, los enterré. Creí que si no esperaba nada, dolería menos cuando se fueran. Pero me equivoqué. Duele igual. Duele desde antes.

Elena lo miró con los ojos encendidos.

—¿De verdad quiere que nos quedemos?

—Quiero que se queden. Quiero despertar oyendo a Amalia reír. Quiero que esta casa vuelva a parecer una casa. Quiero… —tragó saliva—. Quiero ser digno de ustedes, aunque todavía esté roto.

Elena lloró sin apartar la mirada.