Crisanta solía sentarse en una mecedora de mimbre en el patio a leer o dibujar, con una mirada distinta, como si al fin hubiera vuelto a ser ella.
Una tarde, mientras cocinábamos tamales en la cocina y el olor del pollo con chile y las hojas de maíz inundaban todo, Crisanta soltó:
—Mamá, ¿ya los perdonaste?
Dejé de envolver el tamal y la miré. Se veía fuerte, con el cabello suelto y los ojos tranquilos.
Solté la hoja que tenía en la mano y pensé bien lo que me había preguntado.
—No perdono lo que hicieron —dije despacio—. Los insultos, las veces que te hirieron a ti y a Iker. Pero sí me perdono a mí misma por haber guardado silencio tanto tiempo. El perdón no es para ellos, hija. Es para que nosotras podamos soltar el pasado.
Crisanta asintió con los ojos vidriosos.
—Entiendo —murmuró—. Yo también estoy aprendiendo a perdonarme a mí misma.
Marqué límites firmes con la familia Rascón. Podían ver a Iker, sí, pero solo bajo un horario judicial estricto, en un lugar neutral y siempre con Crisanta presente. Nada de llamadas fuera de lugar ni regalos sin previo aviso. Toda conversación tenía que pasar por los abogados.
Una vez, Belisario mandó una carta escrita a mano pidiendo perdón, pero Crisanta apenas la ojeó antes de doblarla.
—No es genuina, mamá —dijo con calma—. Solo le preocupa quedar mal.
Yo asentí en silencio, pero por dentro me sentí orgullosa de verla tan firme, tan clara, tan lejos de las mentiras que antes la confundían.
Poco a poco nuestras vidas retomaron su curso. Crisanta se metió a estudiar administración de empresas, con la ilusión de montar una tiendita de artesanías.
—Quiero lograr algo que sea mío, mamá —decía con los ojos llenos de vida—. No por alguien más, sino por mí.
Yo me integré a un grupo de jardinería en la colonia, donde me hice amiga de otras señoras, sembrando flores y compartiendo anécdotas. Iker iba feliz a la escuela y llegaba con dibujos llenos de color, muchos con su abuela, su mamá y el gato Luna.
—Abue, pega este en la pared.
Yo lo abrazaba sonriendo, con el corazón calientito como el sol de Coyoacán.