El lugar olía a papel, a café frío… y a despedidas que no sabía que estaban por terminar.
—¿Valentina Herrera? —preguntó una mujer elegante desde el escritorio.
Asentí.
—Por favor, tome asiento.
Me senté frente a ella, apretando mi viejo celular entre las manos.
—Esto está relacionado con su abuelo, Don Ernesto —continuó—. Él dejó instrucciones muy claras para este momento.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Instrucciones?
Ella abrió una carpeta gruesa.
—Sí. Y también… esto.
Sacó un sobre.
Mi nombre estaba escrito con su letra.
Esa misma caligrafía temblorosa… que había visto mil veces en notas sobre la mesa de la cocina.
Mis manos comenzaron a sudar.
—Puede leerlo —dijo suavemente.
Respiré hondo.
Abrí el sobre.
