Aquella madrugada él se quedó sentado junto al fuego apagándose. Las cuentas no daban. El amor no se podía hervir en la olla. Pero al amanecer Lucía se sentó frente a él y puso orden, como siempre.
—Vendemos una vaca. Guardamos la otra para leche cuando pase el frío. Yo termino los calcetines y guantes que tengo empezados. Usted va con los vecinos. No a pedir caridad. A pedir préstamos de comida con compromiso de pago para la cosecha. Les devuelve el doble si hace falta.
—¿Y si se niegan?
—Entonces iremos al siguiente. Y al siguiente. Pero no vamos a entregar a los niños.
Ezequiel la miró largo rato.
Nunca había conocido una terquedad tan valiente.
Fue primero con doña Matilde, viuda ranchera de manos duras y mirada filosa. Le llevó por escrito lo que pensaba pagar cuando hubiera cosecha y becerros.
La mujer leyó el papel, lo observó en silencio y luego le entregó dos costales de harina, frijol preservado y manzanas secas.
—No hace falta que me pague el doble —dijo—. Con que me pague justo basta. Y otra cosa, Montoya: pocos hombres reciben huérfanos en su casa. Usted está haciendo lo correcto.
Luego vino don Julián, que le dio carne ahumada.
Después el viejo Melquíades, que le prestó semilla para la siembra de primavera.
Ezequiel volvió al rancho con el caballo cargado y el pecho ardiéndole de algo que ya casi había olvidado: esperanza.
Cuando Lucía vio los costales en la montura, se quedó quieta. Luego se llevó las manos a la boca. Los niños saltaron alrededor del caballo como si hubiera llegado la Navidad.
Esa noche comieron mejor.
No abundante. No rico. Pero suficiente.
Y mientras la luz del fuego pintaba de oro las paredes, Ezequiel entendió que ya no estaba luchando por sobrevivir el invierno. Estaba luchando por algo más grande.
En marzo llegó una carta oficial.
El Territorio enviaría a una representante para evaluar la situación de los cuatro huérfanos y decidir su “colocación adecuada”.
Lucía palideció.
—No —susurró—. No voy a dejar que se los lleven.
Ezequiel sintió el miedo subirle desde el estómago.
Esa noche, cuando los niños por fin durmieron, se quedaron solos frente al fuego. El viento de marzo ya no mordía igual; traía olor a deshielo.
—Lucía —dijo él de pronto—. Quiero que entienda algo.
Ella lo miró, agotada.
—Este rancho es pobre. Habrá años duros. No tengo lujos que ofrecer. Solo trabajo, polvo, invierno y honestidad.
—Ezequiel…
—Pero si usted quiere… si los niños también quieren… no me gustaría que se quedaran como invitados. Me gustaría que se quedaran como míos. Legalmente. Para siempre.
Lucía abrió los ojos, sin respirar.
Él tragó saliva.
—Quiero adoptarlos. A los cuatro. Y… —la voz se le quebró por primera vez en muchos años— también quisiera que usted se quedara. No como ayuda. Como mi mujer. Como mi compañera.
Lucía empezó a llorar y a reír al mismo tiempo.
—Sí —susurró—. Sí, Ezequiel. A todo.
La puerta del cuarto se abrió de golpe.
Los cuatro niños estaban ahí, desvelados, escuchándolo todo.
—¿De verdad nos va a adoptar? —preguntó Sarita.
Ezequiel abrió los brazos.
Y se le echaron encima los cuatro.
Cuando llegó la representante del Territorio, encontró una casa pobre, sí, pero limpia, organizada, con niños alimentados, vestidos, educados y, sobre todo, queridos. Observó, preguntó, anotó, revisó.
Al final cerró su libreta y dijo: