Nos salvó a los dos.
Yo negué con la cabeza.
—No exageremos.
Ella sonrió.
—Las madres pobres no exageramos cuando hablamos del hombre que nos devolvió tiempo.
Un mes después, cuando ya podía caminar varias cuadras sin detenerme, Mateo me pidió que lo acompañara a Travis Park.
Pensé que solo quería dar un paseo.
No era eso.
Cruzamos la plaza a paso lento.
El aire olía a césped recién cortado y a café de los puestos cercanos.
Los oficinistas iban y venían con prisa.
Un músico callejero tocaba algo en saxofón, suave y un poco triste.
Mateo me llevó hasta un local pequeño dos calles más allá.
El letrero nuevo todavía olía a pintura.
Sobre la puerta decía El Trato.
Adentro había cuatro mesas largas, una estantería con libros, un rincón con computadoras usadas pero limpias, y al fondo una pared con fotografías de estudiantes.
Enmarcado en el centro, detrás de un cristal, estaba el viejo cepillo de cedro.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Un programa después de clases —respondió—.
Para chicos que trabajan, cuidan hermanos o están a una mala semana de dejar la escuela.
Tutorías, meriendas, apoyo para becas, asesoría con hospitales y papeles.
Nada de tratarlos como casos perdidos.
Me quedé mirando el lugar.
Había una caja metálica sobre una mesa.
No la misma, pero sí parecida.
Mateo siguió hablando.
—Yo voy a financiar una parte.
Algunos colegas también. Pero quería pedirle otra cosa.
—¿Cuál?
—Que ponga su nombre en la primera beca.
No por fama. Por memoria.
No supe hablar durante varios segundos.
A mi alrededor se oía el zumbido del aire acondicionado nuevo y el ruido lejano de la ciudad.
En una de las mesas, un chico de unos trece años resolvía fracciones mientras una voluntaria le corregía la postura del lápiz.
En otra, una niña escribía un ensayo con la lengua asomada de concentración.