“Estás bien”, le dijo. “Estás a salvo.” “Lo sé”, Miguel respondió, pero su mente estaba en otro lugar. Esas dos palabras silenciosas, “Lo siento,” rebotaban en su cabeza. Esa noche, después de asegurarse de que Patricia estuviera bien, después de volver a casa y abrazar a Andrea y a sus hijos, Miguel no pudo dormir otra vez. Seguía viendo el rostro de Valeria envejecido y roto. Seguía viendo esa expresión de arrepentimiento genuino. A las 2 de la mañana se levantó y fue a su estudio.
Se sentó frente a su computadora y comenzó a buscar información sobre Valeria, sobre qué había hecho durante sus 22 años en prisión. encontró artículos viejos sobre su arresto y juicio, fotografías de cuando era joven y hermosa, reportes sobre sus apelaciones denegadas, pero también encontró algo que no esperaba. Una entrevista que había dado a una revista de rehabilitación de prisioneros 5 años atrás. La leyó completa, palabras por palabras. En la entrevista, Valeria hablaba abiertamente sobre lo que había hecho, sobre el abuso que había infligido en Miguel, sobre la persona horrible que había sido.
No hacía excusas, no culpaba a su infancia o a enfermedad mental, simplemente admitía que había sido un monstruo. La entrevistadora le había preguntado qué había cambiado, qué la había hecho ver la magnitud de su maldad. Valeria había respondido que fue un programa de rehabilitación en la prisión, donde había sido forzada a leer cartas de víctimas de abuso. Una de las cartas era de un niño que había sido torturado por su madrastra, una historia tan similar a la de Miguel que podría haber sido escrita por él.
Esa carta la había destrozado. Por primera vez en su vida había realmente entendido el dolor que había causado. Había llorado durante días. Había intentado suicidarse y había sido puesta en vigilancia psiquiátrica. Y cuando finalmente salió de esa oscuridad, había dedicado el resto de su tiempo en prisión a trabajar con otros prisioneros, ayudándolos a entender el impacto de sus crímenes, tratando de hacer algo bueno con lo que le quedaba de vida. La última pregunta de la entrevista había sido, si pudiera hablar con Miguel ahora, ¿qué le diría?
La respuesta de Valeria había sido simple y directa. Le diría que lo siento más de lo que las palabras pueden expresar, que no espero ni merezco su perdón, que lo que le hice es imperdonable, pero que si pudiera cambiar el pasado, dar mi vida para deshacer el dolor que le causé, lo haría sin dudarlo, que él merece. Miguel cerró la computadora y se quedó sentado en la oscuridad de su estudio procesando todo esto. Durante 22 años había imaginado a Valeria en prisión, sufriendo, pero sin cambiar, sin crecer, siendo el mismo monstruo que había sido.
Nunca se le había ocurrido que pudiera genuinamente arrepentirse, que pudiera cambiar, y ahora no sabía qué hacer con esta información. A la mañana siguiente, Miguel fue a la estación de policía donde estaban reteniendo a Valeria antes de su audiencia de violación de libertad condicional. Pidió hablar con ella. El oficial a cargo lo miró con sorpresa. ¿Está seguro, señor Salazar? Esta mujer lo torturó cuando era niño. No tiene que verla. Lo sé. Miguel dijo, “Pero necesito hacer esto.