Era un hombre de 60 años. Había sido el pediatra de Ricardo cuando era niño, luego el de Miguel. Conocía a la familia mejor que nadie. Cuando vio a Miguel, cuando escuchó lo que había pasado, cuando vio las marcas en el cuerpo del niño, tuvo que sentarse por un momento abrumado. “Este niño necesita ir al hospital”, dijo finalmente. Necesita ser examinado completamente. Necesita hidratación, nutrición y probablemente va a necesitar terapia psicológica. mucha terapia. Voy a llamar al mejor psicólogo infantil que conozco.
También voy a llamar a servicios sociales. Esto tiene que ser reportado oficialmente. Haz lo que tengas que hacer. Ricardo dijo. Solo asegúrate de que mi hijo esté bien. Pasaron la noche en el hospital. Miguel en una habitación privada, conectado a una siendo examinado por médicos y especialistas. Ricardo en una silla junto a su cama, sin moverse, sin dormir, sosteniendo la mano de su hijo. Doña Lupe llegó al amanecer con ropa limpia para ambos y tamales de chipilín que había preparado porque sabía que eran los favoritos de Miguel.
El niño comió por primera vez en días, devorando los tamales como si hubiera estado muriendo de hambre. Y tal vez lo había estado. Tal vez Valeria también lo había estado privando de comida. Ricardo se dio cuenta de que no sabía, no sabía la profundidad completa del abuso que su hijo había sufrido y eso lo destrozaba. Durante los siguientes días, la verdad completa salió a la luz lentamente, dolorosamente. Los médicos encontraron evidencia de desnutrición crónica. Miguel había perdido casi 10 kg en los últimos 3 meses.
Había moretones en diferentes etapas de sanación por todo su cuerpo. Algunos tan viejos que ya estaban amarillentos, otros frescos y morados. tenía marcas en las muñecas donde Valeria lo había agarrado con demasiada fuerza. Tenía quemaduras pequeñas en los brazos que el doctor Ramírez dijo eran consistentes con quemaduras de cigarrillo. Pero no fuma. Ricardo había dicho con voz hueca. Valeria, no fuma. No que tú supieras. El doctor había respondido. El psicólogo que examinó a Miguel, un hombre amable llamado Drctor Herrera, le explicó a Ricardo que su hijo había desarrollado síntomas severos de estrés postraumático, pesadillas, ansiedad, miedo constante.