—Son mis hermanos.
Y por fin lo contó todo: su madre murió temprano, el padre desapareció, y Araceli —casi una niña— se quedó con tres pequeños. Los alimentó, los vistió, los defendió. Para que no se los llevaran, aceptó cualquier trabajo: casas, fábricas… hasta que la engañaron y terminó atrapada en ese infierno.
—El día que me marcaron, pensé que se acababa mi vida —dijo—. Pero escapé. Y desde entonces solo hago una cosa: mandarles dinero para que sigan vivos. Si hablaba… los encontraban.
Alejandro apretó los puños.
—¿Quién los encontraría?
Araceli tardó un segundo.
—Gente que usted conoce.
A la mañana siguiente, Alejandro mandó llamar a su abogado, a su jefe de seguridad y a un investigador. No quería rumores: quería nombres, contratos, firmas.
Doña Carmen lo interceptó con su rosario.
—¿Qué escándalo estás armando?
Alejandro dejó una carpeta sobre la mesa: sociedades, transferencias, facturas antiguas con el sello Montoya… y la foto de un portón oxidado con la misma M coronada.
Doña Carmen palideció.
—Esa marca la lleva mi esposa —dijo Alejandro—. ¿Qué es ese lugar, madre?
Ella se irguió, furiosa:
—¡No metas a esa mujer en nuestros asuntos!
—Ya está metida —respondió él—. En su piel.
Y doña Carmen, creyéndose intocable, escupió:
—Tu padre hacía lo necesario para que la familia creciera. Esas muchachas eran desechables. Y tú, por enamorarte de una sirvienta, vas a manchar nuestro apellido.
Alejandro sintió duelo y asco al mismo tiempo.
—Se acabó.
Sin anunciarlo, viajó con Araceli al pueblo. Ella temblaba al bajar de la camioneta. No era vergüenza: era miedo a perderlos.
Rachid salió primero corriendo, once años, flaco, ojos duros. Moncho, de nueve, se quedó atrás, desconfiado. Lupita, de seis, abrazaba una muñeca vieja.
Araceli se arrodilló y los apretó.
—Perdónenme… Lo hice por ustedes.
Alejandro los miró y sintió un nudo en la garganta.
EL HOMBRE MÁS RICO DEL PUEBLO SE CASÓ CON SU EMPLEADA… Y EN SU NOCHE DE BODAS DESCUBRIÓ ALGO QUE LE CONGELÓ LA SANGRE.