Era un padre presente, un socio responsable y un hombre que había aprendido que la verdadera riqueza se construía a día, no se robaba de los demás. “El café está un poco fuerte”, dijo sentándose junto a Cristina y ofreciéndole uno de los vasos.
Pero Diego dice que los adultos necesitamos café fuerte para funcionar bien. Cristina se echó a reír. Ese niño escucha demasiadas conversaciones de la oficina. ¿Te has arrepentido alguna vez?, preguntó Damián de repente con esa honestidad directa que había desarrollado en los últimos años.
De darme una segunda oportunidad, de no haberme mandado a la cárcel cuando tuviste la ocasión. Era una pregunta que surgía de vez en cuando entre ellos, nunca como reproche, sino como una curiosidad genuina sobre las decisiones que habían marcado sus vidas.
Cristina tomó un sorbo de café y observó a Diego, que ahora intentaba enseñar a otros niños del parque su técnica de fútbol. “¿Sabes que he aprendido en estos 5 años?
Que la venganza es como beber veneno esperando que la otra persona se muera. Yo elegí construir en lugar de destruir y mira lo que hemos conseguido. Señaló hacia Diego, que había organizado un pequeño partido de fútbol con seis niños desconocidos, actuando como capitán natural del grupo improvisado.
Nuestro hijo tiene un padre que lo ama, que está presente, que le enseña que los errores no definen a una persona, sino cómo responde a esos errores. Tenemos una empresa próspera, tenemos respeto mutuo, tenemos paz.
¿Y qué hay de Ruth? La pregunta flotó en el aire durante unos segundos. Ruth había intentado contactar con Damián esporádicamente durante los primeros dos años después del divorcio, pero sus intentos se habían vuelto cada vez más desesperados y menos frecuentes.
La última vez que supieron de ella fue hace 8 meses cuando Elena les comentó que había visto su perfil en una web de citas describiendo como emprendedora en el sector de servicios.
Ru eligió su camino hace 5 años. Eligió la ambición sobre la honestidad, la manipulación sobre el trabajo duro, la fantasía sobre la realidad. Cristina se encogió de hombros. No la odio, pero tampoco pienso en ella.