Miguel, ¿puedo hacerte una pregunta personal? Claro. ¿Tú sabías que yo no era el propietario de la empresa? Un silencio incómodo se extendió por la línea telefónica. Damián, en el mundo empresarial hay señales.
El hecho de que todos los contratos bancarios estuvieran a nombre de Cristina, que las hipotecas de los locales comerciales fueran suyas, que incluso el seguro de responsabilidad civil estuviera a su nombre.
Son detalles que uno nota cuando lleva años en esto. ¿Y por qué nunca me dijiste nada? porque asumí que era una estrategia fiscal o que simplemente preferíais mantenerlo así por razones personales.
No es raro en matrimonios jóvenes donde uno de los cónyuges tiene mejor historial crediticio. Damián colgó sin despedirse. Todo el mundo lo había sabido, menos él. Había estado viviendo en una burbuja de autoengaño durante años, creyéndose el protagonista de una historia donde era apenas un actor secundario.
Oficina de reformas hurtado. 14 toos de la tarde. La oficina en la calle Montaner olía a pintura fresca y a nuevos comienzos. Cristina había decidido remodelar el espacio transformándolo de la cueva masculina que Damián había creado en un ambiente más profesional y acogedor.
Las paredes ahora eran color marfil con detalles en verde salvia y había plantas en macetas de terracota que daban vida al ambiente. Damián llegó de la reunión con los arquitectos del proyecto de gracia, llevando bajo el brazo una carpeta con los planos modificados.
encontró a Cristina sentada detrás del escritorio principal, revisando facturas mientras su vientre, ya de 9 meses, descansaba sobre la mesa. “Los planos están aprobados”, dijo dejando la carpeta frente a ella, pero han pedido dos modificaciones estructurales que van a incrementar el presupuesto en unos 8000 € Cristina alzó la vista.
Su rostro había perdido la palidez de los primeros meses de embarazo y ahora irradiaba una energía tranquila pero determinada. ¿Son modificaciones necesarias o sugerencias? Necesarias. Problemas con las tuberías originales que no aparecían en los planos antiguos.
Aprobadas, firmó la autorización sin dudar. Algo más. Damián se sentó en la silla frente al escritorio, la misma silla donde antes se sentaban los clientes cuando él era el jefe.
Ahora se sentía como un empleado en la oficina del director. Cristina, necesito hablar contigo. Te escucho. No puedo seguir viviendo en Pedralves. Con mi nuevo salario es imposible mantener ese apartamento.
Cristina dejó los papeles y le prestó atención completa. ¿Has encontrado algo más económico? Hay un apartamento en No Barris, dos habitaciones, 700 € al mes. Está cerca del metro, pero pero está en un barrio que bueno que no es exactamente donde imaginé que viviría a los 36 años.
Por primera vez en semanas Cristina mostró algo parecido a la compasión. Damián, yo crecí en New Barris. Mi madre sigue viviendo allí. No es el fin del mundo. Lo sé, lo sé.
No quería decir que fuera un mal barrio, solo que se pasó las manos por el pelo. Es difícil aceptar que tu vida va hacia atrás en lugar de hacia adelante.
¿Sabes cuál es la diferencia entre ir hacia atrás y empezar de nuevo? Damián negó con la cabeza. Cuando vas hacia atrás, miras constantemente lo que has perdido. Cuando empiezas de nuevo, miras lo que puedes construir.
Se quedaron en silencio unos minutos mientras Cristina volvía a revisar las facturas y Damián observaba por la ventana. En la calle, la vida barcelonesa continuaba su ritmo habitual. Madres empujando carritos, ancianos jugando petanca en el parque, adolescentes riéndose a la salida del instituto.
Cristina, ¿puedo preguntarte algo? Adelante. ¿Por qué no me odias? Después de todo lo que te hice, todo lo que os hice a ti y al bebé, ¿por qué no me odias?
Cristina se recostó en la silla, acariciando su vientre con movimientos circulares. Al principio sí te odiaba. Cuando encontré las primeras facturas del apartamento, cuando vi los extractos bancarios, cuando me di cuenta de la magnitud de las mentiras.