Ahora tendrá la vida que realmente os corresponde. Una vida honesta. Elena preparó varios documentos sobre la mesa. Damián, necesito una respuesta ahora. Cristina tiene cita con su abogado penalista a las 11.
Si no firmas este acuerdo antes de esa hora, ella procederá con la denuncia. Damián miró el reloj de pared las 9:30. Tenía 30 minutos para decidir entre la prisión y la pobreza, entre la destrucción total y la oportunidad de una segunda vida.
Si firmo esto, podremos podremos llevarnos bien por el bebé. Cristina se acercó a la ventana observando el tráfico matutino de la calle Balmes. Damián, yo no te odio, pero la confianza es como un cristal.
Cuando se rompe puedes pegarlo, pero las grietas siempre se van a notar. Se giró para mirarlo. Podemos ser civilizados por nuestro hijo. Podemos ser socios comerciales, pero nunca volveremos a ser amigos.
Y si Ruth no puede adaptarse a a las nuevas circunstancias, Cristina se encogió de hombros con indiferencia. Ru tomó sus decisiones sabiendo las consecuencias. Ahora tendrá que vivir con ellas, igual que yo he tenido que vivir con las vuestras.
Elena colocó una pluma dorada sobre los documentos. ¿Cuál es tu decisión, Damián? Él tomó la pluma con manos temblorosas. En su mente se agolpaban las imágenes de los últimos meses, las mentiras, los engaños, las noches que Ru le había hecho creer que merecían una vida de lujo.
Pero también pensó en su hijo, que nacería en unas semanas y que necesitaría un padre presente, no un padre en prisión. Una última pregunta, Cristina, ¿por qué haces esto? ¿Por qué me das esta oportunidad en lugar de mandarme a la cárcel?
Cristina tocó su vientre, donde su hijo pateaba suavemente, porque él va a necesitar que su padre sea un hombre íntegro y los hombres íntegros pagan sus deudas. Damián firmó el documento sin leer las letras pequeñas.
Cuando salió del despacho 20 minutos después, caminaba como un hombre libre, pero también como un hombre que acababa de descubrir el verdadero precio de sus decisiones. Apartamento de Pedralves, 11:30 de la mañana.
Ruuth esperaba en el salón como un felino enjaulado, caminando de un extremo al otro de la estancia mientras mordía nerviosamente el borde de su uña del pulgar. Había cambiado su vestido de novia del día anterior por unos vaqueros desgastados y una camiseta color mostaza que había encontrado en el armario de Damián.
Los tacones de diseño habían sido reemplazados por unas zapatillas deportivas, como si inconscientemente ya estuviera preparándose para una vida más austera. Cuando escuchó la llave en la cerradura, se abalanzó hacia la puerta.