Y ahí… estaba su letra.
—Si algún día encuentras esto…
Mi corazón se detuvo.
—…espero que sea porque decidiste, por tu cuenta, mirarme de verdad.
Sentí un nudo en la garganta.
Seguí leyendo.
—Sé que crees que no me doy cuenta. Sé que crees que me engañas con las historias de dificultad.
Una lágrima cayó sobre el papel.
—Pero yo sé cuánto ganas.
Todo mi cuerpo se congeló.
—Siempre lo he sabido.
Mis manos empezaron a temblar todavía más.
—Y también sé por qué haces esto.
Respiré hondo, casi sin poder hacerlo.
—Tienes miedo.
Las palabras parecían atravesarme el pecho como cuchillos.
—Miedo de perderme. Miedo de no ser suficiente. Miedo de que encuentre a alguien mejor.
La vista se me nubló.
—Pero nunca te diste cuenta… de que mientras intentabas controlarme, eras tú quien se alejaba.
Ya no podía respirar bien.
Miré alrededor de la casa.
Aquella casa que ella sostuvo.