Amor.
Un amor que no pedía nada.
—¿Por qué barrías aquí? —le pregunté.
—Porque alguien del registro me dijo que trabajabas en este hospital —respondió—. No sabía cómo acercarme. Tenía miedo de que no quisieras verme.
Mi pecho dolía.
—¿Tres meses?
—Sí.
—¿Todos los días?
—Todos.
La lluvia empezó a aflojar.
Sentí el peso de treinta años sobre mis hombros.
Mi madre volvió a hablar.
—Andrea, vamos a casa. Esto ya terminó.
La miré.
Por primera vez… no vi a la mujer que me había criado.