La anciana no se movió. Estaba empapada, temblando, pero sus ojos miel no se apartaban de mí.
—No vine a quitártela —dijo con voz rota—. Solo quería verla. Saber que estaba viva.
—No te pertenece —respondió mi madre—. Nunca te perteneció.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
—¡Basta! —dije.
Las dos me miraron.
—Alguien me va a explicar qué está pasando.
Mi madre suspiró, como si yo fuera una niña haciendo un berrinche.
—No es el lugar para hablar de esto.
—Sí lo es.
Levanté el brazalete.
—Porque esto salió de su bolsillo.
La anciana bajó la mirada, como si temiera haber hecho algo indebido.
—Yo lo guardé todos estos años —susurró—. Era lo único que tenía de ti.