Levanté el teléfono.
—¿Esto también es imaginación mía?
Mis cuñados se tensaron.
Mis cuñadas abrieron más los ojos.
Óscar vino hacia mí para bajar mi mano, pero retrocedí antes de que me tocara.
—No hagas tonterías —dijo entre dientes.
—La tontería la hiciste tú creyendo que yo nunca iba a atar cabos.
Mi suegra se puso pálida por primera vez.
—Eso se habla en privado —dijo.
—Ah, no. ¿Lo mío se humilla en público y lo de su hijo se habla en privado? Qué conveniente.
Luis soltó una maldición por lo bajo.
Beto dejó la cerveza en la mesa.
Una de mis cuñadas, Mariela, murmuró:
—Óscar… ¿qué cosa ha hecho?
Él no respondió.
Y ese silencio pesó más que cualquier confesión.
Ya nadie miraba el pescado.
Ya nadie pensaba en el almuerzo.
La fiesta se había podrido.
Y por fin todos olían lo mismo que yo había estado oliendo sola durante meses.
Respiré una vez más. Después me agaché a la altura de mis hijos.
—Vayan por sus mochilitas —les dije con calma—. Solo las pequeñas. Nos vamos a salir un rato largo.
Óscar reaccionó de inmediato.
—Los niños no se van a ninguna parte.
Me enderecé despacio.
—Sí se van. Conmigo.
—No vas a usarlos para una pataleta.
—No son una pataleta. Son mis hijos y no se van a quedar aquí viendo cómo tu familia me insulta mientras tú te escondes detrás de tu madre.
Mi suegra dio otro paso.
—Los niños se quedan en su casa.
—Esta casa también es mía —le contesté—. Y justo por eso decido que hoy no se quedan en este ambiente.
Óscar apretó la mandíbula.
—No te los vas a llevar.
—Mírame bien —le dije, sintiendo la voz más firme de toda mi vida—. Si me cierras la puerta o intentas quitarme a mis hijos delante de todos, en este mismo momento llamo a la policía y les muestro también las conversaciones que tu madre quiere esconder.
Eso lo frenó.
No porque le importara mi dolor.
Sino porque entendió que ya no tenía el control.