Como si mi cansancio fuera una exageración.
Como si mi descanso fuera una ridiculez.
Como si yo hubiera nacido para resolverles el hambre a otros.
—Me costaba dignidad —le dije—. Eso me costaba.
Uno de sus hermanos, Luis, se aclaró la garganta.
—Bueno, tampoco es para hacer tanto drama —murmuró—. Se pedía pollo a la brasa y listo.
Giré hacia él.
—Exacto. Eso mismo pudieron hacer desde el principio.
Se hizo otro silencio.
Uno pesado.
Incómodo.
Porque todos entendieron, aunque no quisieran admitirlo, que yo tenía razón.
Pero mi suegra no había venido a entender. Había venido a aplastarme.
—No es solo por el pescado —dijo de pronto, clavándome los ojos—. Desde que empezaste a ganar un poco más en esa farmacia, te cambió el corazón. Ya no quieres atender a tu marido. Ya no quieres cumplir. Ya no cocinas con gusto. Ya no lo recibes como una esposa debe recibir a su hombre.
Sentí que algo frío me cruzaba el pecho.
Entonces entendí.
Eso no era una discusión por el almuerzo.
Eso venía de antes.
De conversaciones a mis espaldas.
De quejas.
De veneno viejo.
Volteé hacia Óscar.
—¿Eso dices de mí cuando vas a la casa de tu mamá?
Él evitó mis ojos.
Ese gesto pequeño me respondió todo.
No necesité que hablara.
No necesité escuchar una sola palabra más.
Lo había hecho.
Había ido a llorarle como un niño, pintándome como la mala, como la mujer fría, como la esposa que no cumple, mientras yo cargaba la casa, los niños, el trabajo y hasta sus silencios.
Mis manos empezaron a temblar.
No de miedo.
De rabia limpia.
—Con razón —dije, casi en un susurro—. Con razón el otro día ella me llamó para decirme que un hombre necesita una mujer “más suave” si no quiere buscar calor afuera.
Las caras cambiaron.
Mis cuñadas se miraron entre sí.
Óscar levantó la cabeza de golpe.
—Carmen, no metas otras cosas —espetó.