—Dígalo usted, señora —le respondí—. Ya que vino tan apurada, termine el espectáculo.
Mi suegra sonrió, pero no era una sonrisa. Era una mueca de triunfo.
—No quiso cocinar porque está resentida —dijo—. Porque desde hace meses anda insoportable, contestona, con humos de mujer independiente. Y porque a una esposa decente le da vergüenza que la familia vea cómo tiene a su marido: flaco, descuidado y aguantando mala cara todo el día.
Solté una risa seca.
No por diversión.
Por incredulidad.
—¿Flaco? —repetí—. ¿Descuidado? ¿Aguantando mala cara? Qué interesante. Yo trabajo seis días a la semana, pago la mitad de esta casa, compro útiles, medicinas, uniformes y hasta la crema que su hijo se pone en la cara para verse más joven. Pero resulta que la mala soy yo porque hoy no quise freírles pescado como sirvienta.
Mi suegra dio un paso hacia mí.
—No te confundas. A esta familia se la respeta.
—Yo también soy esta familia —le contesté.
—No hables así delante de los niños.
—Entonces no venga a humillarme delante de ellos.
Óscar por fin reaccionó.
—Ya basta las dos —dijo, más nervioso que firme—. Carmen, no era para tanto. Solo vinieron mis hermanos. Podías cocinar y ya. ¿Qué te costaba?
Lo miré.
Eso fue lo que más me dolió.
No el abuso.
No la visita sorpresa.
No la cerveza abierta mientras yo seguía con sueño y dolor de espalda.
Lo que de verdad me dolió fue esa frase. Podías cocinar y ya.
Como si mi tiempo no valiera.