Descubrí que había pagado durante más de dos años una segunda vida.
Con dinero que él llamaba “anticipos”.
Apartamento. Coche. Muebles. Seguros.
No me tembló el pulso.
Solo dejé de esperarlo.
Volvió un martes de septiembre. A las siete y veinte de la tarde.
El calor pegaba fuerte en las paredes.
Escuché un coche detenerse frente a casa.
Pensé que sería un proveedor.
Abrí la puerta…
Y lo vi a él primero.
Más envejecido. Más seguro de sí mismo de lo que merecía.
A su lado, una mujer rubia. De unos treinta años. Con una maleta mediana.
Y entre ambos… agarrado a un camión de plástico, un niño moreno de dos años.
—Isabella, entra y hablamos con calma —dijo Fernando, como si viniera a proponer una remodelación en la cocina—.
—Él es mi hijo. Se llama Mateo.
—Ella es Camila.
—Las cosas han cambiado. Y vas a tener que aceptarlo.
Al verlos allí… solo sonreí.
Tomé una decisión que hizo que Fernando comprendiera de inmediato que, a partir de ese momento, nada le pertenecía…