Esa mujer impresionante, que parecía tenerlo todo… y aun así veía algo en él.
Incluso en su debilidad.
Durante unos segundos que parecieron eternos, Santiago no dijo nada.
El ruido de la avenida volvió poco a poco: motores, murmullos, el viento levantando polvo. Pero en medio de todo, solo existían ellos dos.
Santiago dio un paso atrás… y luego otro hacia adelante.
—Valeria —dijo con voz firme, muy distinta a la del hombre derrotado que todos creían ver—. Antes de responder, necesito que sepas algo.
La multitud guardó silencio otra vez.
—Yo no siempre fui este hombre sentado en la banqueta. Hace ocho años dirigía un equipo de análisis financiero en Monterrey. Tenía casa, traje, oficina con vista panorámica… —sus ojos se oscurecieron—. Perdí a mi esposa en un accidente. Después de eso, todo se vino abajo. Dejé la empresa, vendí lo que tenía y desaparecí. No sabía cómo volver a vivir.
Algunas personas comenzaron a mirarlo diferente.
—Me senté aquí durante meses hablando de negocios porque era lo único que aún sabía hacer. La mayoría pensaba que estaba loco.
Valeria lo escuchaba con los ojos brillantes.
—Tú fuiste la única que no vio un vagabundo —continuó—. Viste un hombre que aún respiraba.
Santiago la miró fijamente.
—No necesito tu dinero, Valeria. Necesito saber que no es lástima.
Ella negó con la cabeza al instante.