—Entiendo —dije.
Me bajé del atril sin soltar el micrófono. Diego intentó agarrarme del brazo, pero Mariana se interpuso entre los dos.
—No la toques —dijo ella.
Mi tía Verónica, que hasta entonces había permanecido al fondo, vino directa hacia mis padres. Mi madre estaba llorando. Mi padre seguía inmóvil, solo que ahora tenía la mandíbula rígida. Quise ir hacia ellos, pero primero necesitaba terminar.
Volví a levantar el micrófono.
—Como varios de ustedes han viajado desde Ciudad de México, Monterrey, Puebla y Querétaro para acompañarnos, merecen la verdad completa. Esta no es la primera vez que ocurre algo así.
Patricia dio un paso al frente.
—Basta ya.
—No —dije—. Ya no.
Y seguí.
Conté cómo, desde que se anunció el compromiso, cada decisión había tenido que pasar el filtro de su madre. El vestido “demasiado sencillo”. El menú “demasiado poco refinado”. La lista de invitados “demasiado llena de gente sin relevancia”. Conté que había sugerido cambiar la música porque en mi familia “no sabrían comportarse con un repertorio elegante”. Conté que quiso retirar del menú los chiles en nogada caseros porque le parecían “de boda demasiado humilde”, aunque era una receta de mi abuela fallecida y Diego sabía perfectamente lo que significaba para mí. Conté también que, dos semanas antes, Patricia me había dicho en una comida privada que una mujer que se casaba con un hombre como su hijo tenía que aprender “qué sitio ocupar”.
Mientras hablaba, no miraba a la gente. Miraba a Diego.
Porque lo más doloroso no era Patricia. Nunca lo había sido. Lo insoportable era recordar todas las veces que él había estado presente y había elegido el silencio. Todas las veces que me dijo “déjala, ya sabes cómo es”. Todas las veces que pidió paciencia, comprensión, prudencia… siempre a mí, nunca a ella.
—Yo no quería hacer esto hoy —continué—. Lo último que deseaba era romper este día delante de todos. Pero hay una diferencia entre una boda imperfecta y una humillación pública. Y yo no me voy a casar el día en que mis padres son tratados como si dieran vergüenza.
Se oyó un jadeo colectivo. Al fondo, una prima de Diego se llevó la mano a la boca.
Él reaccionó por fin.
—No puedes hablar en serio.
—Lo estoy.
—Estás nerviosa. Luego lo arreglamos en privado.
Me reí. Una risa breve, incrédula, que ni yo reconocí.
—Eso es exactamente el problema, Diego. Siempre luego. Siempre en privado. Siempre yo tragando para no incomodar a tu madre, a tus tíos, a tu apellido. Pues se acabó.
Patricia avanzó con el dedo levantado.
—Si suspendes esta boda ahora, te aseguro que no te casas con mi hijo jamás.
La miré de frente.
—Señora, acaba de decir la única verdad útil de toda la tarde.
Entonces giré hacia los invitados, con el corazón latiéndome tan fuerte que me dolían las costillas.
—La boda se cancela.