—Eso dijo ella.
En ese instante apareció Patricia, mi futura suegra, impecable con su vestido verde oscuro y una sonrisa afilada que nunca llegaba a los ojos. Miró las sillas de mis padres y luego me miró a mí.
—No dramatices, Sofía. Tus padres pueden estar ahí perfectamente. Total, no están acostumbrados a estos ambientes.
La sangre me zumbó en los oídos.
—Es mi boda.
Ella soltó una risa breve, suficiente para que la oyeran los meseros.
—Y también la de mi hijo. La familia del novio debe estar visible. Tus padres… bueno —se encogió de hombros—. Qué patéticos se ven intentando encajar aquí.
No recuerdo haber respirado después de esa frase. Solo recuerdo ver a mi padre, desde la puerta, con el traje que había pagado en abonos durante meses, y a mi madre acomodándose el bolso para fingir que no había escuchado nada.
Pregunté por Diego. Nadie supo decirme dónde estaba.
Y entonces entendí algo terrible: si él había permitido aquello, no solo estaba desplazando a mis padres. Me estaba enseñando, antes de casarnos, el lugar exacto que yo ocuparía en su vida.
Vi el micrófono preparado para los discursos, junto al atril decorado con flores blancas.
Caminé hacia él.