A minutos de firmar su boda, una mujer de la calle le agarró la mano y le susurró: “Si te casas, te mueres”; horas después, ya en su nueva casa, vio en el celular de su esposo un mensaje que la dejó helada…

Durante semanas viví escondida en mi departamento vacío de Narvarte. Cambié la chapa, bajé persianas, dejé de subir cosas a redes y aprendí a contestar las llamadas de Rodrigo con la voz más fría que pude encontrar.

Primero fingió preocupación.

—Sofi, estás exagerando. Ven y hablamos.

Después se enojó.

—No me hagas quedar mal con la gente.

Luego pasó al chantaje.

—Mi mamá está destrozada. Tu mamá no entiende nada. ¿De verdad vas a arruinarlo todo por una paranoia?

Esa frase me terminó de abrir los ojos: para él, lo grave no era que yo hubiera descubierto un plan para matarme. Lo grave era el escándalo.

Cuando lo detuvieron, estaba en su oficina.

A Marcos lo agarraron el mismo día.

Yo pensé que iba a sentir alivio inmediato, pero no. Lo que sentí fue cansancio. Un cansancio brutal, viejo, como si hubiera envejecido de golpe en menos de un mes.

El juicio duró varios meses. Mi suegra fue a cada audiencia. Nunca me habló. Solo me miraba como si yo hubiera sido la culpable de que su hijo terminara esposado. Mi mamá lloró más en ese juicio que en mi boda. Mi papá, que casi nunca hablaba, me tomó la mano al salir de una audiencia y me dijo algo que jamás voy a olvidar: