PARTE 2: Aunque su voz sonaba hueca, pero yo también tengo familia que mantener. Le doy una semana para ponerse al corriente o desalojar. La puerta se cerró con un golpe seco. Toño, que había escuchado todo desde la sala, apretó los puños. Mamá, ¿nos van a echar? Estela no pudo responder. Se sentó en el borde de la cama que compartía con sus hijos y miró el techo de vigas carcomidas. Rodrigo había trabajado como jornalero en el rancho de su hermano Gustavo durante años, levantándose antes del alba, regresando con las manos llenas de callos y la espalda doblada.
Cuando le dio el infarto en plena faena, Gustavo ni siquiera pagó el ataúd. Fue ella quien tuvo que pedir prestado para el funeral más simple que el velador pudo armar. Al tercer día del luto, Gustavo y Leonel llegaron a la casa con papeles en mano. Berenice venía detrás de ellos con los labios pintados de rojo y los brazos cruzados. Se sentaron alrededor de la mesa de la cocina como si fueran jueces en un tribunal. "Estela," comenzó Gustavo con voz monótona.
"Venimos a hablar de la herencia de Rodrigo. " Ella sintió un destello de esperanza. Quizá le dejarían algo, una pequeña parcela, un poco de dinero ahorrado, algo con que alimentar a sus hijos. Leonel extendió un documento amarillento sobre la mesa. Papá dejó todo dividido entre nosotros tres. A Rodrigo le tocó una casita vieja que nadie ha usado en años. Está en la sierra camino a Canatlán. Eso es todo. ¿Una casita? preguntó Estela con la voz quebrándose. Y las tierras del rancho, el ganado, los ahorros.
Berenice se soltó una risa breve y cruel. Eso nos toca a los que trabajamos, no a las viuditas que solo saben llorar. Gustavo ni siquiera la miró a los ojos. La casa está en tus manos. Puedes venderla si quieres, aunque dudo que alguien pague nada por ese cascajo. Nosotros ya cumplimos con lo que dice el papel. Dejaron el documento sobre la mesa y se marcharon sin despedirse. Estela observó el papel con manos temblorosas. La dirección decía simplemente, "Kilómetro 18, carretera a Canatlán, desvío al cerro de Los Pinos.
No había foto, no había descripción, solo eso. Lupita se acercó y tomó la mano de su madre. Vamos a ir a esa casa, mamá. Estela cerró los ojos. No tenían dinero para la renta. No tenían comida más que para dos días. No tenían a nadie. La casita en la sierra era lo único que quedaba entre ellos y la calle. Sí, mi amor, susurró. Vamos a ir. Dos días después, al amanecer, Estela y sus cuatro hijos caminaron por la carretera polvorienta, que salía de nombre de Dios hacia el norte... SI TE INTERESA EL ARTÍCULO, POR FAVOR DALE “ME GUSTA” Y COMPARTE ESTA HISTORIA, Y PULSA “ BIEN ” SI QUIERES LEER LA HISTORIA COMPLETA. GRACIAS.