Y todavía faltaba más.
Mi padre dejó la escoba y, con las manos temblorosas, tomó un vaso de agua para llevárselo a doña Estela. Lo vi caminar despacio, con la cabeza baja, como si hasta para respirar tuviera que pedir permiso. Pero al subir el primer escalón, el agua se le derramó un poco en el borde del vaso.
Doña Estela se levantó de golpe.
Le aventó un manotazo al vaso.
El vidrio cayó al suelo y estalló en pedazos.
—¡Viejo torpe! —gritó, señalándole la cara con un dedo cargado de anillos de oro—. ¡Nomás estorbas!
Fue entonces cuando reconocí uno de esos anillos. Un aro grueso, con una piedra roja en medio. Yo misma había enviado dinero el mes anterior para las medicinas de mi padre. “No te preocupes, hija, ya compramos todo”, me dijo mi madre por teléfono. Y ahí estaba la medicina de mi padre: colgando del dedo de esa mujer como si fuera trofeo.
Las lágrimas me nublaron la vista.
No por debilidad.
Por furia.
Porque yo había dejado media juventud trabajando como mula en la ciudad. Había tragado desprecios, horarios dobles y jefes que creían que porque una muchacha venía del pueblo no sabía pensar. Había ahorrado peso por peso. Había renunciado a vestidos, vacaciones, novios, descanso. Todo para comprarles a mis padres un refugio donde pudieran envejecer como reyes humildes. Y mientras yo me partía el lomo creyendo que ellos estaban tranquilos, los habían convertido en sirvientes en la casa que yo les regalé.