Sentía que mi vida había saltado de una vía a otra en cuestión de horas y que el paisaje anterior ya no existía.
—Quiero verlo todo —dijo Ben—. Su estudio. Sus dispositivos. Cualquier caja fuerte. Cualquier archivo.
El estudio de Tristan siempre me había parecido un set de fotografía diseñado por un hombre que se imaginaba a sí mismo como alguien más importante de lo que era: paneles de madera oscura, sillones de cuero, una barra bien surtida, una vista dominante sobre el parque y una biblioteca compuesta en gran parte por libros que jamás había abierto.
Aquella noche, bajo la luz blanca del equipo legal, parecía la escena de un delito.
Había una caja fuerte empotrada detrás de un cuadro abstracto.
Sabía la combinación.
Nuestro aniversario.
Qué detalle tan insoportablemente irónico.
Ben la abrió. Dentro estaban nuestros pasaportes, algunas joyas mías, documentos familiares y una carpeta color crema con membrete suizo.
Megan, la analista forense, fue la primera en inclinarse sobre los papeles.
—Swiss One Private Bank, Zúrich —leyó—. Titular: Tristan Blackwood.
Mi garganta se cerró.
—¿Cuánto?
Pasó una página.
—Saldo actual: ochocientos veinticinco mil cuatrocientos dólares.
La habitación se inclinó un poco.
Tuve que apoyar la mano en el escritorio.
—Eso no puede ser —dije—. Él no tiene esa liquidez.
Ben ya estaba revisando las transferencias.
—No la tiene —respondió—. La sacó de otra parte.
Siguió una fila con el dedo.
Cuenta conjunta de inversión.
Cuenta corriente principal.
Movimientos periódicos.
Cuarenta mil. Setenta y cinco mil. Veinte mil. Cien mil.
Durante dieciocho meses.
No era un impulso.
No era un error.
Era un sistema.
Nos estaba vaciando con método.
—Te estaba robando —murmuré.
—Te estaba drenando —corrigió Ben—. Lo cual es legalmente peor.
Megan, entretanto, encontró la llave de un archivador escondida dentro de la base hueca de un trofeo absurdo que Tristan había recibido en algún evento de jóvenes líderes financieros.
Abrió el cajón.
Dentro había declaraciones, licencias comerciales, facturas… y un pequeño paquete de cartas atadas con cinta gris.
No eran cartas de negocios.
Lo supe antes de tocarlas.
El papel era grueso. Caro. Con perfume.
Megan desató la cinta y me tendió la primera.
La letra femenina descendía por la página con esa intimidad segura de quien se siente elegida.
Miami fue perfecto. No puedo dejar de pensar en tus manos. En cuanto seas libre, todo esto habrá valido la pena. —S.