“¡SI VUELVES A TOCARLA, TE JURO QUE ESTA CENA SERÁ LO ÚLTIMO ELEGANTE QUE VEAS ANTES DE SENTARTE FRENTE A UN JUEZ!”

Con asco.

Con duelo.

No es fácil dejar de amar de golpe a quien te destruyó poco a poco. A veces el corazón tarda en aceptar lo que el cuerpo lleva años sufriendo.

Pero al final respondió:

—Eso es lo que dijiste la última vez.

Él bajó la cabeza.

No tenía nada nuevo que ofrecer.

Solo el mismo ciclo con distinto tono.

Los agentes lo apartaron para iniciar el procedimiento.

Y entonces, justo cuando parecía que todo terminaba, Valeria giró hacia mí y dijo algo que me clavó en el sitio.

—Hay algo más que no te he contado.

La miré.

—¿Qué cosa?

Su voz salió rota.

—Papá no murió en un accidente, ¿verdad?

Sentí que me arrancaban el aire.

Don Ernesto también levantó la cabeza de golpe.

Rodrigo se quedó congelado.

No por el arresto.

Por esa pregunta.

Y entendí, en un segundo brutal, que la violencia que estaba viendo esta noche no había nacido aquí.

Venía de más atrás.

De más profundo.

De una verdad enterrada durante años.

—¿Por qué preguntas eso? —susurré.

Valeria me sostuvo la mirada con lágrimas nuevas.

—Porque hace un mes, borracho, Rodrigo me dijo que su padre conocía al hombre que estuvo con papá la noche que murió. Y que en esta ciudad los poderosos llevan décadas cubriéndose entre ellos.

Sentí las piernas débiles.

Don Ernesto gritó:

—¡Cállate!

Demasiado tarde.

Los agentes voltearon.

Yo también.

Y por primera vez en toda la noche vi miedo real en el rostro del patriarca.

No miedo por su hijo.

No miedo por el escándalo.

Miedo por el pasado.

El tipo de miedo que solo aparece cuando una tumba mal cerrada empieza a abrirse.

Me acerqué a él muy despacio.

—Acaba de cometer un error terrible, Don Ernesto —dije.

Tragó saliva.

—No sabe de lo que habla.

—Todavía no —respondí—. Pero ahora voy a averiguarlo.

Rodrigo fue escoltado hacia la salida.