Se acercó a Pedrito. El niño, al verla, cambió su expresión de miedo por una de anticipación. estiró los bracitos hacia ella, balbuceando algo que sonaba como Ena, Ena, con movimientos suaves, pero decididos, Elena desabrochó el cinturón de seguridad que Roberto había ajustado con tanta fuerza.
Levantó al niño en brazos. Pedrito no pesaba mucho. La atrofia muscular lo había mantenido pequeño, frágil. Roberto observaba con el corazón en la garganta, listo para saltar y atrapar a su hijo en el momento en que la gravedad hiciera su trabajo cruel. Elena se agachó. No colocó al niño acostado ni sentado, lo puso de pie.
Sus manos enguantadas sostenían la cintura del pequeño dándole estabilidad. Los pies de Pedrito, enfundados en calcetines de lana con antideslizante, tocaron las baldosas frías. Suéltelo”, ordenó Roberto con una mezzla de triunfo anticipado y terror. “Vamos, suéltelo y deje que la realidad le cierre la boca.” Elena miró al niño a los ojos. No miró a Roberto.
“Tú puedes, mi amor”, susurró ella, ignorando al Padre. “Como hacemos siempre, busca el equilibrio, busca la fuerza.” Y entonces Elena retiró las manos. El tiempo pareció detenerse en esa cocina de lujo. Roberto contuvo la respiración. Sus músculos se tensaron, sus manos se crisparon listas para el rescate. Esperaba el colapso inmediato.
Esperaba ver las rodillas doblarse, el cuerpo caer hacia delante, el golpe inevitable. Pero el golpe no llegó. Pedrito se tambaleó. Sus rodillitas temblaron violentamente como juncos en medio de una tormenta. Su cuerpo osciló hacia la izquierda, luego hacia la derecha. El niño soltó un pequeño gemido de esfuerzo, frunciendo el ceño con una concentración absoluta, apretando los puños diminutos a los costados, pero no cayó. Un, dos, tres segundos.
Roberto sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. No podía ser. Estaba viendo algo que desafiaba a cinco especialistas. Losmúsculos de las piernas del niño, esos músculos inexistentes, se tensaban visiblemente bajo el pijama a rayas, luchando contra la gravedad, bloqueando las articulaciones.
“Papá!”, gritó Pedrito de repente con una voz clara y fuerte, mirando a Roberto y soltando una risa nerviosa pero triunfante. El niño dio un paso. No fue un paso elegante, fue un movimiento torpe, arrastrado, casi un espasmo controlado. El pie derecho se levantó apenas un centímetro del suelo y avanzó. Luego el izquierdo.
Pedrito había dado dos pasos hacia su padre, solo, sin andadera. Sin manos que lo sostuvieran, sin arneses. Roberto retrocedió golpeándose la espalda contra el marco de la puerta. El maletín que había recogido antes volvió a caer al suelo. Se llevó las manos a la boca, ahogando un grito que no sabía si era de alegría o de horror puro.