Mi Yerno Me Humilló A Las Tres De La Madrugada, Me Llamó Vieja Inútil Y Dijo Que Mi Olor Arruinaba Su Casa… Pero Al Amanecer Descubrió Que La Casa, Los Lujos Y Su Supuesta Vida Perfecta Siempre Fueron Míos…

Luego fui a mi recámara.

Abrí el cajón de la mesita de noche y saqué mi libreta vieja de contactos. La de tapas negras, gastadas por los años. La de La Olla de Cobre. Pasé las páginas con calma hasta encontrar lo que buscaba.

Mudanzas El Toro – Don Anselmo

Marqué.

—¿Bueno?

—Don Anselmo, habla Francisca. La de La Olla de Cobre.

Hubo un segundo de silencio. Después una carcajada cálida.

—¡Doña Francisca! ¿Dónde se me había metido? Si hasta extraño sus chiles rellenos.

—Necesito un favor, Anselmo. Uno grande.

—Lo que usted mande.

Miré la sala. Miré el comedor. Miré la cocina reluciente. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, una paz feroz.

—Necesito el camión más grande que tenga. Y lo necesito hoy. Voy a vaciar un departamento.

—¿Hoy mismo?

—Ahora mismo. Digamos que hay un problema de malos olores y urge sanear el ambiente.

Se rio.

—En cuarenta minutos estoy allí.

—Llévense todo lo que tenga etiqueta verde —dije.

Colgué, busqué la cinta adhesiva y empecé a marcar mis cosas. Prácticamente todo el departamento quedó salpicado de pequeños cuadros verdes. Al entrar al cuarto de Lucía y Roberto, metí sus perfumes, maquillajes y aparatos en una bolsa, pero me detuve. No. Yo no soy ladrona ni vándala. Saqué todo y lo dejé sobre la cama. Yo no iba a tocar lo suyo. Me iba a llevar lo mío. Y el verdadero problema para ellos era que, en esa casa, casi todo era mío.