—Mamá, sabes que no funciono sin café.
—Pues hoy te va a tocar funcionar a pura responsabilidad, hijo.
Se quedó quieto unos segundos, como si dudara de haber escuchado bien. Luego buscó las llaves, resopló y dijo:
—¿Sigues enojada por lo de ayer? Vane estaba estresada.
—No estoy enojada. Estoy clara.
—Tampoco fue para tanto.
Lo miré de frente.
—Te parecieron pocas cosas, ¿verdad? Que me tiraran la comida a la pared, que me llamaran inútil, que tus hijos se rieran… Te parecieron pocas.
Bajó la mirada.
—No quise decir eso.
—No dijiste nada. Que es peor.
Se fue sin despedirse.
Media hora después bajó Vanessa con una bata rosa de seda y la cara cubierta por una mascarilla. Venía hablando por teléfono con una amiga, contándole, delante de mí, que “la señora” ya estaba chocheando y que seguramente tenía demencia porque hacía batideros en la cocina.
Terminó la llamada y, sin el menor pudor, me dijo:
—Voy a ir al súper. No hay nada decente en esta casa. Deja recogido este cochinero, ¿sí?
Señaló el desastre que ellos habían dejado.
—Está bien —contesté.
Ni siquiera le costó darme la orden. La costumbre de mandar se instala rápido cuando alguien obedece demasiado tiempo.
Subió a cambiarse y media hora después salió impecable: jeans entallados, blusa blanca, bolso de diseñador, lentes enormes, perfume caro. La vi arrancar la camioneta y alejarse por la calle tranquila del fraccionamiento.