—Me harté —dijo—. Voy a vender esto. Con esto pago las tarjetas, el internet, lleno el refrigerador y ya después vemos qué hacemos.
La miré.
—No te va a durar ni dos semanas.
—Es mío.
—Fue pagado con mi dinero.
—¡No me importa!
Se acercó a mí, temblando de coraje.
—Esta es mi casa y yo decido qué se vende.
Ahí supe que había llegado el momento.
Fui a mi cuarto, saqué una carpeta negra y regresé a la cocina. La puse sobre la mesa y abrí las escrituras. Roberto, que acababa de entrar, se quedó helado al verla.
—Siéntense —ordené.
Se sentaron.
—¿Ustedes creen que esta casa es suya? —pregunté.
—Pues… tú nos la donaste —dijo Roberto.
—Con condiciones.
Busqué la cláusula marcada.
—Lee.
Sus labios se movieron mientras recorría las letras. Su rostro fue perdiendo color.
“Usufructo vitalicio y reserva de dominio. Facultad de revocar la donación por ingratitud, abandono o maltrato del donatario o sus familiares directos hacia la donante.”
Vanessa frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Roberto cerró los ojos un segundo.