regresó callado, triste, pero dijo que había sido importante, que necesitaba ver que su mamá estaba viva de verdad, que no había desaparecido. La segunda vez fue conmigo. Nos sentamos los tres en un locutorio con el vidrio de por medio, teléfonos para hablar. Beatriz lloró al ver a Miguelito. Dijo que lo extrañaba mucho, que se arrepentía, que si pudiera regresar el tiempo, Miguelito escuchó, no dijo mucho, solo adiós, mamá, cuídate. Y nos fuimos. En el camino me preguntó, “Papá, ¿está mal que todavía quiera mi mamá?” Le tomé la mano.
No, hijo, no está mal. Es tu madre y el amor no se borra así como así. Solo ten cuidado de no confundir el quererla con aceptar lo que hizo. Puedes quererla y aún así saber que lo que hizo estuvo muy mal. Se quedó pensando. Creo que entiendo. El día del juicio finalmente llegó. La sala estaba a reventar. Prensa, curiosos, familiares de los dos lados. Todos querían ver. A la mujer que intentó matar a su esposo, al hombre que volvió de la muerte.
Beatriz entró escoltada. Se veía diferente, más flaca, el pelo sin brillo, ojeras profundas. La cárcel le estaba cobrando factura. Andrés entró después. También se veía acabado. Golpeado por la vida, me senté en la primera fila. Mi mamá a mi lado, el licenciado Alberto atrás. Miguelito se quedó en casa con una vecina. No quería que viera eso. Ya había visto suficiente trauma. El juez entró. Todos nos levantamos. Empezó la sesión. El fiscal presentó las pruebas una por una.
Leyeron los mensajes en voz alta. Pusieron las grabaciones del operativo en el hotel. Enseñaron las fotos de mis heridas, los peritajes médicos confirmando que fueron por una golpiza. La defensa trató de pelear. argumentaron que Beatriz estaba bajo presión emocional, que el matrimonio estaba mal, que no estaba en sus cinco sentidos, pero las pruebas eran demoledoras. No había forma de negarlo, no había cómo justificarlo. Cuando me tocó testificar, subí al estrado, puse la mano en la Biblia, juré decir la verdad y conté todo.
Cada detalle, cada dolor, cada momento de desesperación, cada segundo en que pensé que me iba a morir. Miré a Beatriz varias veces mientras hablaba. Ella mantenía la cabeza gacha, no podía sostenerme la mirada. Su abogado trató de hacerme perder el control en el interrogatorio. Preguntó si yo había sido un buen esposo, si no le había dado motivos para buscar a alguien más, si no había descuidado el matrimonio. “Fui un esposo imperfecto”, respondí. Trabajaba mucho, a veces no le daba la atención que debía, pero nunca, jamás hice nada que justificara un intento de asesinato.
Un mal matrimonio se arregla con el divorcio, no con un homicidio. La sala aplaudió. El juez golpeó el mazo pidiendo silencio. Andrés también testificó. Trató de echarle toda la culpa a Beatriz. dijo que ella lo había manipulado, que él solo era un amante enamorado que hizo locuras por amor. Pero el fiscal despedazó su testimonio. Enseñó mensajes donde él claramente planeaba cada detalle, donde hablaba de su parte del dinero, donde hablaba de deshacerse de mí. Después de tres días de juicio, llegó la hora de la sentencia.
El juez leyó pausado. Analizando todas las pruebas presentadas, los testimonios, los peritajes, no queda duda de que los acusados Beatriz Morales y Andrés Castillo planearon y ejecutaron el intento de homicidio calificado contra Ricardo Morales. Además, cometieron fraude al seguro, falsificación de documentos y lavado de dinero. Hizo una pausa. Miró a los acusados. Beatriz Morales, queda usted sentenciada a 28 años de prisión en régimen cerrado. Beatriz gritó, lloró, pataleó. Los guardias la tuvieron que someter. Andrés Castillo, queda usted sentenciado a 25 años de prisión en régimen cerrado.
Andrés solo bajó la cabeza. sabía que estaba acabado. Además, continuó el juez, todos los bienes obtenidos por el fraude deben ser devueltos a Ricardo Morales. La casa, el dinero del seguro, todo. Y la custodia del menor Miguelito Morales queda definitivamente con su padre, Ricardo Morales. El mazo golpeó una, dos, tres veces. Se cierra la sesión. Sentí que mi mamá me agarró la mano, me la apretó fuerte, lloraba, pero esta vez de alivio, de que se había hecho justicia.
Cuando salimos del tribunal había reporteros, micrófonos, cámaras, todos querían una declaración. El licenciado Alberto se puso al frente. Habló por mí. Ricardo Morales está conforme con la decisión de la justicia. Ahora solo quiere reconstruir su vida, cuidar de su hijo y seguir adelante. No habrá más declaraciones. Pedimos respeto y privacidad. Gracias. Y nos fuimos rápido. Nos subimos al coche, fuimos a casa. En los meses que siguieron, la vida se empezó a normalizar. Regresé a trabajar de tiempo completo.