No supe qué responder. No estaba acostumbrado a que alguien reconociera mi experiencia. Tengo una propuesta para ti, continuó don Mauricio. Necesito un administrador de obra, alguien que supervise este proyecto y otros que planeo iniciar, alguien confiable, con experiencia. El pago es tres veces lo que ganas ahora. Pensé que estaba bromeando. Don Mauricio, yo no tengo estudios. Apenas terminé la primaria. No necesito diplomas, Teodoro. Necesito conocimiento real, honestidad y compromiso. Eso no se aprende en ninguna universidad. Acepté, por supuesto, y ese fue el primer cambio.
Con el nuevo salario pude mudarme a una casa pequeña, pero digna. Nada lujoso, pero era mía. Tenía dos habitaciones, un jardín pequeño donde planté tomates y chiles y por primera vez en décadas tenía espacio para respirar. El trabajo con don Mauricio me abrió puertas. Otros empresarios empezaron a buscarme para consultas para que supervisara sus proyectos. Mi reputación creció. Teodoro Arévalo no roba, no miente y hace el trabajo bien, decían de mí, pero el verdadero cambio llegó cuando menos lo esperaba.
Don Mauricio falleció de un infarto a los dos años de haberme contratado. Fue un golpe duro. Lo había llegado a considerar un amigo. Asistí a su funeral con el corazón apesadumbrado. Una semana después, el abogado de don Mauricio me citó en su oficina. Don Teodoro, don Mauricio dejó instrucciones muy específicas en su testamento. Yo no entendía qué tenía que ver yo con eso. El abogado continuó. Don Mauricio no tenía hijos. Su esposa falleció hace años. En su testamento dejó el complejo de departamentos que usted supervisó a su nombre.
Me quedé paralizado. Debe ser un error. No hay error. Don Mauricio escribió. Teodoro Arévalo es un hombre de honor que merece una oportunidad que la vida nunca le dio. Le heredo el edificio Torres del Valle con la confianza de que lo administrará con la misma dedicación que puso en su construcción. No podía hablar. Las lágrimas corrían por mi rostro sin control. El edificio tenía 12 departamentos, todos rentados. Los ingresos mensuales eran más de lo que yo había ganado en años enteros de trabajo.
De la noche a la mañana pasé de ser un trabajador de la construcción que apenas sobrevivía, a ser propietario de un bien inmueble que generaba ingresos constantes. Pero yo no cambié. Seguí viviendo en mi casa sencilla, seguí vistiendo ropa modesta. Seguí siendo el mismo Teodoro de siempre. Lo que sí cambié fue mi perspectiva. Invertí parte de los ingresos en mejorar el edificio. Contraté a un buen administrador. Aprendí sobre finanzas, sobre inversiones, sobre cómo hacer crecer el patrimonio y el patrimonio creció.
Compré otro edificio pequeño, luego otro. No por ambición desmedida, sino porque ahora entendía cómo funcionaba el negocio de bienes raíces. En tr años tenía cuatro propiedades generando ingresos. Nunca lo hice por presumir. De hecho, casi nadie en el pueblo sabía de mi nueva situación económica. Seguía saludando a los mismos vecinos, comprando en el mismo mercado, tomando café en la misma fonda de siempre, pero sí me di algunos gustos que me había negado toda la vida. Me hice un chequeo médico completo y atendí todos los problemas de salud que había ignorado por décadas.
Compré ropa nueva y de buena calidad. Me inscribí en un club para personas mayores donde jugaba dominó los jueves y por primera vez en mi vida viajé. Conocí las playas de Cancún. Visité las pirámides de Teotihuacán. Fui a Guanajuato durante el festival Servantino. Cada viaje era una pequeña victoria sobre todos los años de sacrificio y privación. Durante todo este tiempo nunca contacté a Emilio y él nunca me contactó a mí. A veces, en momentos de debilidad, revisaba su perfil de Facebook.