Si el precio de eso son unas cuantas notas en los periódicos, lo pago con gusto. Aunque te mentí 3 años, me protegiste, corrigió Margarita con suavidad. Hay una diferencia. Y ahora puedo ver a mi hija casándose con un hombre que claramente la adora en el jardín donde jugaba de niña. Yo diría que todo salió exactamente como debía ser. Un golpe en la puerta las interrumpió. Pase, dijo María. Entró don Rosa viéndose elegante con su smoking rentado. Alejandro había insistido en que don Rosa la llevara al altar y María no se imaginaba a nadie más en ese lugar.
“Lista, mija,”, preguntó don Rosa con los ojos brillosos de lágrimas contenidas. “Lista”, confirmó María tomando el brazo que le ofrecía. La ceremonia en sí pasó como un sueño lleno de momentos perfectos. Las amigas de la Universidad de María habían volado desde diferentes partes del mundo y se mezclaban con los socios de negocios de Alejandro, formando una reunión improbable pero armoniosa. A la prensa la mantuvieron a distancia respetuosa y por primera vez María no le molestaba la atención.
Que el mundo viera lo feliz que estaba. Alejandro esperaba en el altar, guapísimo con su smoking negro, pero fue su expresión al verla caminar hacia él la que le aceleró el corazón a María, maravilla, amor y algo que parecía incredulidad, como si no pudiera creer que ella fuera real. “Estás hermosa”, susurró cuando llegó a su lado. “Tú tampoco estás nada mal”, respondió María haciéndolo reír. La ceremonia fue corta y muy personal. Oficiada por un juez amigo de larga data de Margarita.