Siempre quisiste ser radar corporativo, capital privado, corrigió Alejandro con una leve sonrisa, aunque supongo que la diferencia es semántica y no, la verdad quería ser maestro cuando era niño. De historia en preparatoria. La sorpresa de María fue genuina. ¿Qué pasó? Mi papá murió cuando yo tenía 17 años. Infarto dejó a mi mamá con muchas deudas y pocas opciones. La voz de Alejandro se alejó un poco. Aprendí que las buenas intenciones no pagan cuentas ni aseguran el futuro.
El dinero sí, lo siento, dijo María bajito. Debe haber sido muy duro. Fue educativo, respondió Alejandro y luego pareció darse cuenta. Perdón, sonó frío. Es que aprendí temprano que al mundo no le importan tus sueños y no tienes con qué perseguirlos. María sintió un pinchazo fuerte de reconocimiento. Cuántas veces había pensado algo parecido en los últimos 3 años. Pero algo te debe gustar de lo que haces ahora, dijo. El poder, el éxito. Alejandro lo pensó. Soy bueno en eso.
Soy bueno leyendo empresas, viendo sus debilidades, sacándoles el máximo provecho. Pero Gustar hizo una pausa. Hasta hace poco había olvidado que se supone que hay diferencia entre ser bueno en algo y disfrutarlo. ¿Qué cambió hace poco? Alejandro la miró directo a los ojos. Conocí a alguien que me recordó que la vida es más que márgenes de ganancia. La intensidad de su mirada hizo que las mejillas de María se calentaran. Bajó la vista al plato, de pronto muy interesada en su lasaña.
Alejandro dijo con cuidado, “¿Qué es lo que buscas aquí conmigo?” “De verdad no lo sé.” Su risa fue como burlándose de sí mismo. Seguro suena patético de un hombre que toma decisiones de millones todos los días, pero tú tú me has hecho cuestionar todo lo que creía saber sobre lo que quería. María sintió que las paredes que con tanto cuidado había construido empezaban a agrietarse. Esta versión vulnerable e insegura de Alejandro era mucho más peligrosa para su tranquilidad que el empresario arrogante de antes.